Mark Fischer: pesimismo histórico del optimista místico


Mark Fisher sostuvo antes de su suicidio que el capitalismo tardío había colonizado la imaginación social hasta tal punto que se había vuelto más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. La novedad de esta idea es ninguna. Vuelve a regurgitar la tesis clásica marxista de la alienación, esa "falsa conciencia" tratada por Marx, Gramsci, la Escuela de Fráncfort o Althusser. Según esto, la gente no se rebela porque las élites le han inyectado una visión del mundo que le hace creer que el capitalismo es justo o inevitable. 

Pero la gente siempre ha sabido cuándo la explotan. La propaganda fracasa cuando hay algo personal en juego. El capitalismo persiste porque la mayoría lo ve tolerable y porque las revoluciones siempre han terminado sustituyendo unas elites por otras. Lean Parásitos. Pensar que el neoliberalismo ha producido una subjetividad atomizada, ansiosa, una “depresión colectiva”, un sentimiento de indignación ante el vacío y una expresión de la nulidad o caótica fragmentación de la experiencia humana es darle demasiado poder.

Recuerdo haber coincidido con Mark Fisher en un café inexistente, donde las ideas se servían frías y las utopías se disolvían como el azúcar que no echo al café. Fisher llevaba su habitual abrigo melancólico y hablaba, con una voz de profesor desencantado, del realismo capitalista, esa trampa invisible que, según él, impide imaginar alternativas. Pero la nostalgia no es un fenómeno exclusivos del capitalismo. Todas las épocas han convivido con la desesperanza, sobre todo las precapitalistas y los totalitarismos comunistas. 

Yo, que siempre he bebido de los profetas del desánimo, le respondí, con más insolencia que elegancia, que su problema no era el capitalismo, sino la pereza estética de su imaginación. Lo que tú llamas imposibilidad de imaginar otra cosa, le dije, es simplemente falta de talento narrativo. Mira a Deleuze, el filósofo que encarna la posibilidad de pensar fuera del poder, en los márgenes, en el barril de Diógenes, donde se inventan nuevas formas de vida. Fisher me miró con esos ojos de hombre que quiere salvar al mundo con una tesis, y sonrió con tristeza inglesa. Siempre me sorprende esa costumbre de convertir la melancolía, el sentimiento de caída universal del Pecado Original, en método. Fisher sustituyó el análisis institucional por una psicología de la desesperanza, muy cercana al existencialismo. De "el infierno son los otros" a "el capitalismo es una prisión invisible". Pero lo que Fisher llamaba “imposibilidad de imaginar otra cosa” no era más que la dificultad de aceptar que la libertad no necesita tener buen gusto: el suyo.

Si el neoliberalismo produce sujetos atrapados en un régimen de autoexplotación emocional y psicológica, yo me acuerdo de Alekséi Stajánov, "ejemplo de sacrificio personal dedicado al progreso del país". Parece suponer que toda forma de autorrealización dentro del mercado es necesariamente alienante, lo que equivale a negar la autonomía moral del individuo. Ve el imperativo categórico kantiano como soma sema, cárcel órfica. La autodisciplina, la competencia y el deseo de superación personal no son necesariamente síntomas de coerción estructural, sino expresiones de la libertad. No quiere reconocer que el individuo es, ante todo, un agente moral capaz de reflexión crítica y lo ve como a un menor de edad que necesita ser tutelado. El paternalismo en política supone un padre arrogante que quiere salvarte de tu ello freudiano para dominarte con el suyo. Un viejo truco...

El escéptico, que no cree ni en las revoluciones ni en los fines de la historia, ha aprendido que el moralismo es la imposición de gustos propios y privados sobre el de los otros. A veces pienso que, si Fisher hubiera leído menos a Žižek y más a Montaigne, habría entendido que el verdadero acto revolucionario no es imaginar otro sistema, sino perfeccionar la ironía con la que habitamos este. Pensar es resistir desde las grietas del sistema. Lean Bartleby contra la dopamina.

Fisher cae constantemente en el determinismo estructural, donde el capitalismo no solo domina la producción material, sino la producción simbólica del deseo. Ve un sistema cerrado y opresivo en un orden imperfecto. Siempre lo compara con una alternativa “poscapitalista” que nunca define con claridad. Comparar lo real con lo ideal es tramposo, desde que Platón inventara "el totalitarismo de la sabiduría".  

Fisher confundió el malestar moderno con una falla estructural del sistema, cuando podría entenderse como una condición inherente al hombre y a la libertad misma. Su pensamiento reduce la libertad individual a opresión, niega la capacidad de autocrítica del capitalismo y, lo peor, cree que el sempiterno malestar existencial, narrado ya por los grandes poetas clásicos, es culpa del fracaso del liberalismo.

Al final del encuentro (si es que ocurrió), Fisher se levantó, pagó su café, y me dijo algo que todavía me persigue: “La tristeza también es un argumento político”. Yo asentí, claro, pero, en cuanto se fue, pedí otro café —doble— y anoté en mi cuaderno: la tristeza puede ser política, pero el aburrimiento nunca lo será. Desde que se tiene noticia el hombre concibió siempre su propia era como la oscuridad que precede a la aurora.


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