Cómo no hacer nada, de Jenny Odell
Todo ensayo necesita a alguien que no termine de ser personaje. Así que, decidí no hacer nada después de leer Cómo no hacer nada de Jenny Odell. Sospeché de inmediato que incluso esa decisión estaba contaminada por una voluntad. No hacer nada, pensé, podía convertirse con facilidad en otra forma de hacer algo, quizá incluso en una actividad con prestigio entre vagos, una pose discretamente heroica, como el silencio en los cócteles literarios. Mi pose era la de uno de esos sujetos ligeramente desplazados, propensos a la digresión, que leen para desaparecer. Leí a Odell no como quien busca instrucciones, sino como quien encuentra una coartada. Al fin alguien decía que la atención era un campo de batalla y que retirarse no equivalía a rendirse. No hacer nada no era tumbarse en el sofá, pues eso lo hace cualquiera con conexión a internet, sino desactivar la obediencia automática a la llamada constante del mundo. Subrayé una frase porque subrayar también es una forma de hacer algo. La atención es un recurso finito. Pensé entonces en Bartleby, inevitablemente, y en su célebre preferencia por no hacerlo. Pero Odell no proponía la negativa absoluta, sino una deriva lateral, como mirar un pájaro, escuchar el ruido de una calle secundaria, insistir en lo aparentemente irrelevante. Entendí que no hacer nada era, en realidad, cambiar de centro. Sabía que toda época fabrica un centro para exigirnos fidelidad. El de ahora era la visibilidad. Existir era ser visto, reaccionar, opinar, actualizarse. Frente a eso, Odell proponía una retirada estratégica, una vida en los márgenes de la atención dominante. No desaparecer, sino volverse excéntrico, como esos escritores que solo importan a otros escritores y a lectores que no hacen ruido. Me senté a mirar cómo una sombra avanzaba por la pared. Pensé en Walser, en Sebald, en todos los caminantes que confundieron el desplazamiento con una forma de pensamiento. Entendí, momentáneamente, que la economía de la atención no solo roba tiempo, sino también la posibilidad de una narración interior. Sin atención propia, uno se convierte en una nota al pie del algoritmo. Espero que nadie me lea con atención. Tal vez ahí resida la pequeña trampa, al dejar constancia de una fuga incompleta. No se trata de salir del sistema, sino de introducir en él una interferencia, una pausa, una digresión. Cuando terminé el libro de Odell no miré el teléfono, me miré las uñas, quedándome en ese punto intermedio donde no pasa nada. Quizá no hacer nada sea solo sostener una atención sin promesa de rendimiento bien visto.










