Soñando monstruos, de Vicente Serrano
El sueño de la razón produce monstruos. Pero no los monstruos con colmillos, con alas de murciélago, con piel escamosa. Monstruos de oficina, funcionariales, con formularios en la mano, sellos en el bolsillo, certificados digitales o contraseñas de Cl@ve.
En esos días me había dado por releer a Kafka. ¿Quién, si no él, podía acompañarme en aquel extraño derrumbe? Me veía reflejado en Josef K., solo que en vez de un proceso judicial había recibido un correo de Hacienda cuya lógica me producía un terror mayor que cualquier pesadilla. Una simple nota: "Le agradecemos su aportación. Su declaración ha sido optimizada". Nada más. Ni firma, ni responsable, ni rostro al que exigir explicaciones. En la modernidad, me dije con una lucidez levemente histérica, nos hablan las abstracciones.
La razón, convertida en reina absoluta, había trazado un orden sin fisuras, y yo comenzaba a sospechar que dentro de ese orden podría residir lo monstruoso. No ya el caos, no la irracionalidad romántica, sino esta serenidad glacial que parecía funcionar a la perfección sin nosotros.
Recordé entonces un sueño recurrente: caminaba por un largo pasillo administrativo, interminable, donde cada puerta conducía a otra puerta, y cada sala estaba iluminada por una luz blanca capaz de borrar los detalles de mi cara. Un funcionario sin rostro me exigía formularios desconocidos. Sabía que no había salida porque el sistema no quería tenerla. La pesadilla era entender demasiado; el terror no era lo desconocido, sino la transparencia perfecta.
Pensé en los grandes relatos civilizatorios, en la modernidad ilustrada, en su promesa de progreso sostenido, y me pregunté si no estaríamos viviendo precisamente su culminación más irónica. La barbarie naciendo del exceso de luz. La violencia brotando del orden llevado a su máxima pureza. Fundamentalismos que se proclaman racionales, totalitarismos que se justifican con estadísticas, algoritmos que deciden por nosotros con impavidez, sin piedad. Monstruos impersonales, sin pasiones, sin rostro que odiar.
Yo, que había querido creer en la libertad, me descubrí desamparado, diluido dentro de un sistema que ya no necesitaba sujetos. Y sin embargo, acabé sonriendo con cierto escepticismo, pues algo en mí persistía: la imaginación, esa vieja herramienta desacreditada por la flagrante realidad. Las historias paralelas, pequeñas fugas delirantes me devolvían algo de carne a mi sombra.
Porque si la razón total se erige como tiranía perfecta, la imaginación es su herejía, un gesto inútil, pero profundo. Y tal vez, me dije antes de cerrar los ojos, el modo de sobrevivir a estos miedos sin rostro consiste en devolverles un nombre, un relato, un temblor. Hacer que la noche piense con nosotros.
Que los monstruos respondan, si se atreven.









