Encomio de la soledad


Bendita sea la Soledad, madre secreta de todos los que alguna vez se atrevieron a escucharse. Cuando el ruido del mundo se vuelve una feria de mendigos y vanidades, solo ella abre su puerta sin preguntar el nombre, sin exigir pasaportes ni reverencias. En su reino no hay tronos, pero cada hombre puede sentirse rey; no hay altares, pero cada pensamiento puede inflamarse como una pequeña divinidad recién nacida.

La multitud promete calor, y sin embargo enfría; promete compañía, y sin embargo ahoga. La Soledad, en cambio, no engaña y te da exactamente lo que es, un espacio desnudo donde el alma puede caminar sin permiso, sin testigos y sin la sombra prestada de los demás. Allí uno descubre la propia voz, no la que se modula para complacer, sino la que brota como un manantial brusco y sincero.

Algunos la temen porque creen que los devora; otros la buscan porque saben que los afila. Bienaventurados quienes la toman como maestra. Ella enseña con silencios, golpea con verdades y cura con el simple acto de apartarnos del mercado de las máscaras. En su abrazo austero aprendemos a mirar el mundo como desde una cima: pequeño, trágico y maravilloso, pero ya sin el hechizo de las mentiras comunes.

Quien ha vivido un día entero en la paz severa de la Soledad regresa distinto, menos dócil, más despierto, más suyo. Y aunque después vuelva a las calles y a los hombres, lleva dentro un resplandor inapagable, una reserva de libertad que nadie puede comprar ni arrancar.

Por eso la alabo, porque es cueva y templo, destierro y coronación. Porque todo lo que el hombre grande ha pensado, ha soñado o ha creado nació primero en ese recinto invisible donde solo reinan las sombras y el propio espíritu. Y porque, cuando todo falle, cuando el mundo se vuelva hostil o absurdo, la Soledad seguirá ahí, incorruptible, esperando al viajero que recuerda su nombre.

Entradas populares