Canetti y el ilusionismo filosófico
Escribe Elías Canetti que "Las ideas más profundas de los filósofos tienen algo de truco ilusionista. Muchas cosas desaparecen para que, de pronto, haya algo en la mano".
Siempre he creído que los filósofos, en el fondo, querían ser ilusionistas de salón, pero les faltó el frac y les sobró la biblioteca. Por eso escribían, para simular un ademán, para hacer desaparecer cosas sin que el público que se entera de algo protestara demasiado. Uno abre un tratado esperando explicaciones y, cuando levanta la vista, ya no están la evidencia, el sentido común, ni siquiera la pregunta inicial. Las ideas verdaderamente profundas siempre son falsas y nunca son limpias, aunque aparentan llegar sin manchas, como si no hubieran pasado por el barro del mundo. Antes de que aparezcan, alguien ha tenido que barrer mucho. Ha desaparecido el contexto, el ruido, la experiencia incómoda. El filósofo sonríe con discreción, como el mago que no explica el truco porque sabe que el truco es precisamente que no haya explicación. Pensar, entonces, no sería comprender, sino aprender a fijar la mirada en cuestiones y cosas habitualmente no tenidas en cuenta, a mirar hacia otro lado en el momento justo. La historia de la filosofía podría leerse como una sucesión de distracciones magistrales. Cuando el público aplaude, ya es tarde. Lo que creíamos sólido se ha evaporado y, en su lugar, sostenemos una abstracción que pesa todavía menos. Tal vez por eso los aforismos funcionan tan bien. Son el formato ideal del truco. Breves, elegantes, imposibles de desmontar y, sobre todo, ambiguos. Uno los lee y siente que algo ha sido dicho, aunque no pueda señalar qué ha dejado de estar. La profundidad no consiste en ir más abajo, sino en haber vaciado antes la habitación. Solo cuando ya no queda nada, algo puede aparecer en la mano. Y nosotros, felices espectadores, seguimos llamando pensamiento a ese instante exacto en el que aceptamos la desaparición como una forma superior de sentido.










