¿Epidemia de soledad? La soledad no es una enfermedad


En los últimos años se ha popularizado la idea de que estamos inmersos en una “epidemia de soledad”. Psicólogos, divulgadores y medios la presentan como un problema de salud pública, un factor de riesgo comparable al tabaco o la obesidad, una señal de alarma sobre el estado mental de nuestras sociedades. Aunque esta mirada parte a menudo de una preocupación legítima, encierra el peligro de convertir una experiencia humana compleja en una patología. 

No toda soledad es igual ni toda soledad es dañina. Sin embargo, el discurso dominante tiende a homogeneizarla y a cargarla de un significado negativo. El mensaje implícito nos dice que estar solo es algo que debe corregirse. Y para muchas personas, especialmente aquellas cuya soledad no es elegida ni fácilmente remediable, ese mensaje no alivia, sino que hunde. 

Conviene distinguir, en primer lugar, entre soledad elegida y soledad impuesta. Hay quienes necesitan amplios espacios de retiro para vivir con equilibrio, pensar, crear o simplemente respirar. En estos casos, la soledad no es carencia, sino condición de bienestar. Tratarla como un síntoma es desconocer la diversidad de temperamentos y formas de vida. Existe también la soledad circunstancial, la que llega tras una pérdida, un cambio de residencia, una ruptura, una enfermedad, el envejecimiento o un cambio vital profundo. No es una anomalía psicológica, sino una consecuencia de vivir. Patologizar estas etapas equivale a negar el carácter inevitable del duelo y la transición.

El verdadero problema aparece cuando la soledad es no deseada, prolongada y vivida como abandono o invisibilidad. Pero incluso en estos casos, el daño no proviene solo de la falta de vínculos, sino del significado social que se le atribuye. En una cultura que glorifica la pareja, la vida social activa y la constante validación externa, estar solo se interpreta fácilmente como fracaso personal. La persona no solo está sola, sino que se siente defectuosa por estarlo.

Aquí el lenguaje importa. Llamar “epidemia” a la soledad puede generar conciencia, pero también refuerza el estigma. Si la soledad es una enfermedad, quien la vive pasa a ser un paciente, alguien que necesita ser curado. Se pierde así una pregunta más profunda sobre qué tipo de vínculos estamos promoviendo y cuáles estamos desmantelando como sociedad.

Este enfoque deja poco espacio para una tarea esencial que es aprender a habitar la soledad. No todo malestar puede ni debe eliminarse. Experiencias como la tristeza, la pérdida, la falta, forman parte de una vida humana plena, aunque duelan. El objetivo no siempre es “salir” de la soledad, sino no quedar reducido a ella, no vivirla como una suspensión de la vida a la espera de que algo externo llegue a completarla. 

Para quienes están solos y saben que su situación no es fácilmente remediable, los mensajes optimistas suelen ser crueles. Prometer que todo cambiará o insistir en que “hay que salir más” invalida su realidad. Tal vez lo más honesto que se les puede ofrecer no es una solución, sino un reconocimiento de que su vida no está en pausa, que no hay nada defectuoso en ellos y que su experiencia tiene valor incluso cuando no encaja en los ideales sociales de felicidad. 

La soledad, entonces, no es en sí misma una enfermedad. Es una condición humana ambigua, a veces fértil, a veces dolorosa, a veces ambas cosas a la vez. Lo perjudicial no es necesariamente estar solo, sino no tener marcos culturales, narrativos y emocionales para sostener esa experiencia sin reproche social.

Quizá el asunto no sea erradicar la soledad, sino dejar de tratarla como un fallo. Reconocerla como parte de la vida, sin romantizarla ni demonizarla, permitiría acompañar mejor a quienes la viven y, al mismo tiempo, construir vínculos más honestos, menos utilitarios y menos basados en la obligación de estar bien. Porque no toda vida acompañada es plena, ni toda vida solitaria está vacía.  

Entradas populares