12 monos


Ayer volví a ver 12 monos. Y vi a Bruce Willis vagando por la película con una expresión de alguien que sospecha que su rostro le pertenece solo a ratos. No sabe si está loco, si está viajando en el tiempo o si, sencillamente, es víctima de una mala interpretación de sí mismo, que es la forma más común de la locura contemporánea. Siempre me ha interesado esa clase de protagonista que no termina de coincidir consigo mismo. James Cole es un hombre sin centro estable, un sujeto humeano sin saberlo. No hay en él una sustancia firme, sino una sucesión de percepciones, de imágenes que pasan como trenes nocturnos. Hume decía con una tranquilidad casi ofensiva que cuando buscamos el yo no encontramos más que una colección de estados de conciencia sin hilazón. La coherencia viene solo cuando uno de esos estados independientes interpreta la totalidad de lo que recuerda de ellos en forma de relato explicativo dotado de continuidad. En 12 monos Cole no es; Cole ocurre, como afirmaba el Heráclito fluvial.

La locura, en la película, no aparece como un exceso, sino como un déficit de continuidad. No es que Cole vea cosas que no existen, sino que no logra mantenerlas unidas el tiempo suficiente como para construir una biografía creíble. En el manicomio, ese lugar donde el mundo se vuelve explícitamente narrativo, cada personaje cuenta su versión con una convicción que roza lo literario. Allí la cordura se mide por la capacidad de sostener un relato coherente, no por su veracidad. Pienso entonces que quizá fuera del manicomio la razón sea solo un género literario que ha tenido demasiado éxito. Hay un momento en que Cole empieza a dudar de su propia misión. El espectador es el loco que insiste en darle sentido. 

Hume habría disfrutado de esta película, o al menos de la forma en que muestra la imposibilidad de fijar un yo auténtico. El yo, para él, era una superstición. En 12 monos, esa superstición se vuelve peligrosa. Allí, creer demasiado en una identidad estable puede llevarte a pensar que el mundo está equivocado y tú no. O al revés. Cole oscila entre ambas opciones con la torpeza de quien camina sobre una argumento con muchas explicaciones posibles, todas ellas coherentes.

Lo fascinante es que la película no resuelve la cuestión. No nos dice si Cole estaba loco o si el mundo lo estaba. Se limita a mostrar cómo ambas hipótesis pueden coexistir sin molestarse demasiado. Al final, la identidad no se revela, solo se repite. Como un bucle narrativo. Como un recuerdo que insiste. Como este texto, que intenta escribir sobre una película y acaba escribiendo sobre la imposibilidad de saberse alguien.

Terminé de ver la película con la sensación de haber visto una obra sobre la fragilidad del yo en tiempos de exceso explicativo. Pensé en Hume, pensé en escritores que dudan de su propia existencia, pensé que tal vez todos seamos viajeros temporales atrapados en una mala versión de nosotros mismos, conciencias puras, al fin, flotando entre múltiples devenires.


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