Conversaciones con Duchamp, de Pierre Cabanne
En una habitación de Nueva York, Marcel Duchamp, uno de los innumerables artistas rechazados por la Ecole des Beaux-Arts, se dedicó a la más radical de las prácticas: no hacer nada.
Me hubiera gustado trabajar, pero había en mí un fondo enorme de pereza. Me gusta más vivir y respirar que trabajar. Mi arte consistiría en vivir; cada segundo, cada respiración es una obra que no está inscrita en ninguna parte, que no es ni visual ni cerebral, y sin embargo, existe. Es una especie de constante euforia.
No era pereza, ni depresión, ni siquiera un gesto dadaísta tardío; era, simplemente, la culminación lógica de quien había comprendido que el arte, al fin y al cabo, no necesitaba producirse para existir. Podía bastar con la posibilidad de que existiera, o con la negación rotunda de esa posibilidad.
He tenido suerte. Porque, en el fondo nunca he trabajado para vivir.
Uno podía visitarlo y encontrarlo sentado junto a la ventana, fumando en silencio, mirando la calle sin particular interés.
Comprendí que no debía cargarse a la vida con demasiado peso, con demasiadas cosas por hacer.
Henri-Pierre Roché, que entendía mejor que nadie el valor de lo que no se dice, anotó en algún lugar: «Su mejor obra es la utilización de su tiempo». No dijo «el desperdicio», no dijo «la contemplación». Dijo utilización. Como si el tiempo, en manos de Duchamp, fuera una materia maleable que él moldeaba precisamente dejando de moldearlo.
Tengo una vida absolutamente maravillosa.
¿Qué hace usted estos días, Marcel?, le preguntaban los periodistas que aún lo buscaban, atraídos por el rumor de su desaparición. Y él, con media sonrisa respondía: «No hago nada». Lo decía sin énfasis, sin orgullo, sin ironía detectable. Lo decía como quien habla del tiempo. Eso inquieta mucho a la mayoría de nosotros que pasamos la vida inventando ocupaciones para no tener que pronunciarla jamás. El tiempo, usado sin finalidad, se nos vuelve ilegible.
En realidad, Duchamp jugaba al ajedrez, su coartada perfecta, una actividad intensa que, vista desde fuera, parecía inacción. Mover una pieza, esperar, mover otra. El arte del intervalo. Algunos artistas trabajan con materiales; Duchamp trabajó con la duración. Se dedicó a que la obra ocurriera sola.
No hay solución porque no hay problema.
A veces pienso que Duchamp no se retiró del arte, sino que se retiró de la obligación de demostrar que hacía arte. Liberado de esa carga, pudo dedicarse a lo único verdaderamente serio: no hacer nada con una precisión absoluta. Y en esa nada, paradójicamente, siguió creando. Porque decir «no hago nada» sin que suene a excusa, sin que suene a derrota, requiere una maestría que muy pocos alcanzan. La utilización del tiempo, no gastarlo, no llenarlo, no administrarlo con ansiedad, utilizarlo como quien utiliza el silencio en una conversación, dejando que hable por sí mismo. Y así, en la inacción casi total, Duchamp terminó su obra más invisible y más perfecta, la de un hombre que pudo permitirse no hacer nada, y hacerlo artísticamente, como todo lo que tocaba.
A continuación, algunos fragmentos que me han parecido interesantes:
La pintura no ha sido para mí más que un vertedero, o una necesidad imperiosa de expresarme.
La posteridad es una especie de espectador. El espectador contemporáneo no tiene ningún valor.
Lo que no me gusta es lo totalmente no conceptual, que es lo simplemente retiniano; es algo que me irrita.
Yo no soy lo que se dice un ambicioso que pide. No me gusta pedir, en primer lugar porque cansa; y además es algo que, generalmente, no sirve para nada. No espero nada. No necesito nada. Ahora bien, el pedir es una de las formas de la necesidad, la consecuencia de una necesidad. Eso no existe en mí porque, en el fondo, me encuentro muy bien sin tener que producir absolutamente nada desde hace mucho tiempo. Yo no le atribuyo al artista esa especie de papel social en el que se cree obligado a hacer algo, en el que se debe al público. Me horrorizan todas esas consideraciones.
Antes de la guerra había una organización oficial que se llamaba el WPA —o algo por el estilo— que daba 30 o 40 $ a cada artista al mes, con la condición de que regalara sus cuadros al Estado, y lo hacía para permitirle vivir. Fue un fracaso total. Los graneros del Estado se llenaron de porquerías de todos esos artistas.
No creo en la palabra «ser». El concepto ser es una invención humana.
Como no tengo una gran cultura, en el auténtico sentido de la palabra, siempre me sorprenden las personas que pueden decir cosas que no conozco en absoluto, y decirlas bien. No es ése el caso de los artistas que, en general, son unos primarios.
El individuo, como tal, me interesa más que lo que hace, debido a que he observado que la mayoría de artistas no hacen más que repetirse. Por otra parte, es algo forzoso, no se puede estar inventando continuamente.
Los happenings han introducido en el arte un elemento que nadie había puesto: el aburrimiento. ¡Yo nunca había pensado en hacer una cosa para que la gente se aburriera viéndola! Y es una lástima, porque se trata de una buena idea.
Somos nosotros quienes hemos dado el nombre de «arte» a las cosas religiosas. Hemos creado esa palabra para nuestro exclusivo y privativo uso: es algo que se parece a la masturbación.
Me gusta el buen cine, el divertido. No creo en el cine como forma de expresión. Podrá ser una, tal vez más adelante; pero, al igual que la fotografía, es algo que no va más lejos que un medio mecánico para hacer algo. No puede competir con el arte.










