El estatus de Diogenes el cínico
A veces pienso que la ansiedad por el estatus es una enfermedad discreta, de esas que no aparecen en los análisis de sangre pero sí en las conversaciones casuales, cuando alguien menciona a qué se dedica ahora, dónde vive, con quién se codea. Es una dolencia narrativa. No sufrimos por lo que somos, sino por la historia que creemos estar contando mal.
Alain de Botton diría que nos duele el veredicto invisible del mundo. Yo sospecho que nos duele algo más literario, algo así como la sensación de estar ocupando un papel secundario en una novela ajena. Caminamos por la ciudad como personajes que temen haber sido mal escritos, a una biografía que nadie subrayará.
Recuerdo a un hombre que medía su valía según el número de veces que otros asentían mientras hablaba. Cada silencio era para él una forma de descenso social. Sufría de una fe desmedida en el aplauso.
La ansiedad por el estatus prospera en sociedades donde todos somos, al menos en teoría, protagonistas. Y como todo el mundo no puede serlo al mismo tiempo, aparece la angustia. Si no brillo, ¿fallé?, ¿me equivoqué de género?, ¿debí ser otro? Tal vez la salida no consista en subir, sino en mirar de otro modo. Aceptar que hay vidas perfectamente legibles aunque no sean célebres, que existen obras maestras sin público y mierdas aclamadas, y que no toda existencia necesita ser citada. Pensar, con cierto alivio, que pasar desapercibido puede ser una forma secreta de libertad.
Diógenes de Sínope pudo haber escrito esto:
Viví en un barril y desde allí observé, con la calma que da no necesitar nada, la comedia del estatus. Los hombres corrían como si alguien los persiguiera con la antorcha invisible del prestigio, ese fuego que no calienta. Hoy lo llamaríais ansiedad; yo lo llamé esclavitud voluntaria. Se encadenaban solos a opiniones ajenas y luego se quejaban del peso. Me hablaban de méritos, de ascensos, de nombres que debían ser recordados. Yo respondía bostezando. ¿Cómo puede angustiarte no ser importante cuando ya eres innecesariamente complicado?, pensaba. Buscan reconocimiento como si fuera pan, pero el hambre no está en el estómago sino en la mirada del otro. La ciudad entera parecía un teatro donde todos competían por el papel principal. Yo elegí ser el figurante que se sale del guion. Cuando Alejandro Magno me ofreció lo que quisiera, le pedí que se apartara del sol. No era una provocación, era mi teoría del bienestar. El estatus siempre proyecta sombra; basta correrse un poco para volver a estar tibio. Si la ansiedad por el estatus es el mal de vuestra época, la cura sigue siendo simple y ofensiva. Basta jerarquizar los deseos, reírse del aplauso, practicar la pobreza como ejercicio espiritual. No subir, no destacar, no demostrar. Vivir como un perro, sin currículum, sin ansiedad, con el orgullo intacto y el sol cayendo de frente sobre el cuerpo.










