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El modelo que devoró lo real

Crecí creyendo que las matemáticas eran exactamente lo mismo que la verdad. Todo a mi alrededor parecía confirmar esa idea. Los puentes no caían, las órbitas no fallaban, los algoritmos predecían nuestras decisiones con una precisión asombrosa. Era más fácil confiar en una ecuación que en una persona.  En el Parlamento de mi país ya no había debates demagógicos. Legislaban los modelos matemáticos, eso sí, muy perfeccionados. Cada decisión política era validada por una especie de demostración. Cada conflicto social se reducía a una optimización. Se nos enseñaba desde niños que el mundo no debía interpretarse, solo resolverse.  Yo trabajaba como corrector de inconsistencias. Mi tarea consistía en detectar anomalías entre el mundo y su formalización. Si una predicción fallaba, no se cuestionaba el modelo, se revisaba la realidad. No se asusten, eso significaba que, a veces, había que recalibrar sensores, y otras, ajustar registros históricos. En los casos más graves, implicaba co...

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