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Circe y los cerdos

Entre los que han leído demasiado, siempre hay un instante en que terminan mirando la vida como quien mira una bandeja de pasteles detrás del cristal. Goethe supo antes que nadie que el conocimiento, cuando se calienta demasiado, empieza a oler a carne. Fausto ya no quiere solo saber, quiere rozar el borde del mundo, comer la manzana antes de que se vuelva símbolo, entrar en la noche con el entusiasmo un poco ridículo de quien ha llegado a la conclusión de que el vértigo es una forma superior de la inteligencia.  Hermann Hesse había entendido esa tentación con una tristeza más moderna. El lobo estepario, después de quedarse solo, desea la fiesta, la música, la mujer, el humo, la pérdida de estilo, todo aquello que el yo civilizado llamaría caída. Como si el espíritu, después de tanto ascetismo, reclamara su derecho a desordenarse un poco, a volverse incompetente, a vivir sin la tiranía del significado.  Y Nietzsche, que fue el más severo y el más desobediente, habría sonreído ...

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