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El esfuerzo de ser alguien

Primero se pierde el nombre, que no es más que un hábito. Después, la voz, que era el puente ilusorio entre el cuerpo y el mundo. Finalmente, el pensamiento, que sin lenguaje se disuelve en una niebla sin forma. Lo que queda no es silencio, tampoco una materia muda anterior a toda identidad. Creíamos que el yo era una sustancia; resulta ser una insistencia. El aislamiento no destruye al individuo, lo revela como ficción sostenida por otros. Sin testigos, la máscara se vuelve opcional. El reflejo deja de confirmar y comienza a traicionar. Entonces aparece lo siniestro que es descubrir que uno no es quien creía ser. Porque nunca hubo una esencia ahí. El tiempo, sin memoria ni expectativa, no transcurre y se estanca. Y en ese presente inmóvil, el yo, que era narración, pierde su función. Donde no hay historia, memoria, ficción y recuerdo, no hay sujeto. La desaparición no se vive necesariamente como tragedia. Hay un alivio oscuro en dejar de sostener una identidad, en soltar el peso de se...

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