Moral y civilización. Una historia, de Juan Antonio Rivera
Podría decirse, aunque toda genealogía moral tenga algo de ficción retrospectiva, que venimos de una moral cálida, casi hogareña, de tribalismo y desconfianza hacia el forastero. Juan Antonio Rivera lo cuenta así: pequeños grupos, altruismo íntimo, y ese reverso inevitable de hostilidad hacia quien no comparte intereses del grupo. En aquel entonces la guerra no era un accidente, era una especie de pedagogía. Enseñaba el heroísmo, el sacrificio, la virtud de morir por los nuestros. Virtudes, por cierto, hoy sospechosas, como si hubieran envejecido mal o como si el progreso consistiera precisamente en desconfiar de ellas. Las ciudades, esa agrupación de extraños obligados a convivir, exigieron algo más que instinto. Se inventaron entonces ficciones más ambiciosas como las leyes escritas, jerarquías visibles, dioses omniscientes que, a diferencia de los viejos espíritus locales, no parpadeaban nunca. Quizá la moral empezó a enfriarse ahí, en ese momento en que ya no bastaba con querer a l...













