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El estatus de Diogenes el cínico

A veces pienso que la ansiedad por el estatus es una enfermedad discreta, de esas que no aparecen en los análisis de sangre pero sí en las conversaciones casuales, cuando alguien menciona a qué se dedica ahora, dónde vive, con quién se codea. Es una dolencia narrativa. No sufrimos por lo que somos, sino por la historia que creemos estar contando mal. Alain de Botton diría que nos duele el veredicto invisible del mundo. Yo sospecho que nos duele algo más literario, algo así como la sensación de estar ocupando un papel secundario en una novela ajena. Caminamos por la ciudad como personajes que temen haber sido mal escritos, a una biografía que nadie subrayará. Recuerdo a un hombre que medía su valía según el número de veces que otros asentían mientras hablaba. Cada silencio era para él una forma de descenso social. Sufría de una fe desmedida en el aplauso. La ansiedad por el estatus prospera en sociedades donde todos somos, al menos en teoría, protagonistas. Y como todo el mundo no puede...

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