Decepcionar es un placer, de Laurent de Sutter
Durante años creí que la decepción era un error de cálculo basado en expectativas demasiado altas, ilusiones mal entendidas o una contabilidad defectuosa del deseo. Luego descubrí, no sin cierta incomodidad, que la decepción era un fallo privado en ese “orden del mundo” que, con la discreción de lo evidente, nos asigna papeles, gestos y costumbres. Leí a Laurent de Sutter en una tarde ligeramente improductiva —las únicas que de verdad cuentan— y tuve la impresión de que alguien estaba saboteando, con distinción, la maquinaria indetectable de la complacencia. Su tesis era simple: decepcionar puede ser una forma de libertad. Pensé en Diógenes de Sínope, claro, pero también en todos aquellos momentos en que uno ha dicho “no” sin saber exactamente a qué, y sin embargo ha salido de allí con la extraña sensación de haber vencido. Decepcionar, en ese sentido, no sería un fracaso, sino una manera de romper la cadena de expectativas que otros —familia, trabajo, sociedad, ese ente difuso que sie...













