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Esquizo

Hace unas semanas, mientras releía la despersonalización de Robert Musil y pensaba en cómo el hombre sin atributos ya prefiguraba nuestra época, me topé con la noticia de una startup que ofrecía, por un precio muy razonable, la posibilidad de escindir la conciencia en módulos especializados. Se llamaba Esquizo , nombre de una honestidad brutal que debería haber alertado a cualquiera que haya leído a Thomas Bernhard.  No se trataba de definir el yo , el ello o el superyó freudiano, la tecnología permitía crear un yo para amar, otro para trabajar, otro para sufrir y otro, supongo, para fingir que uno sigue siendo el mismo al final del día.  Me pareció una buena idea que solo podía ocurrírsele a alguien que ha fragmentado su conciencia en innumerables versiones que se traicionan entre sí. El yo que firma los contratos, el yo que se enamora, el yo que sufre por un rechazo y el yo que, por la noche, se convence de que todo forma parte de un gran proyecto secreto.  Esqui...

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