Conversaciones con Duchamp, de Pierre Cabanne
En una habitación de Nueva York, Marcel Duchamp, uno de los innumerables artistas rechazados por la Ecole des Beaux-Arts, se dedicó a la más radical de las prácticas: no hacer nada. Me hubiera gustado trabajar, pero había en mí un fondo enorme de pereza. Me gusta más vivir y respirar que trabajar. Mi arte consistiría en vivir; cada segundo, cada respiración es una obra que no está inscrita en ninguna parte, que no es ni visual ni cerebral, y sin embargo, existe. Es una especie de constante euforia. No era pereza, ni depresión, ni siquiera un gesto dadaísta tardío; era, simplemente, la culminación lógica de quien había comprendido que el arte, al fin y al cabo, no necesitaba producirse para existir. Podía bastar con la posibilidad de que existiera, o con la negación rotunda de esa posibilidad. He tenido suerte. Porque, en el fondo nunca he trabajado para vivir. Uno podía visitarlo y encontrarlo sentado junto a la ventana, fumando en silencio, mirando la calle sin particular i...













