Apología de un matemático, de Hardy
Leer esta joya es asomarme al borde de una vida que no me pertenece. Con esa sobria desesperación, parece escribir no tanto para justificar su oficio como para dejar constancia de que lo inútil puede ser la más alta forma de pereza. Yo lo leo, y pienso en cómo la inteligencia, ese don tan sobrevalorado en los bares, no basta para sostenernos. “Para cualquier intención seria, la inteligencia es un don muy pequeño”, escribe Hardy, y siento que me señala desde su escritorio, rodeado de papeles y de una tristeza geométrica. Porque lo que mueve de verdad, lo que crea y destruye, no es la inteligencia sino la obstinación, esa fiebre caprichosa de vivir en la idea antes que en el mundo. Y, sin embargo, hay algo en él que anticipa la derrota, una lucidez de quien se reconoce absolutamente acabado. En eso me recuerda a ciertos escritores —quizás todos— que en algún punto de su vida dejan de escribir por convicción y lo hacen solo por hábito, o por miedo al silencio. Esa “sombría soledad en que ...













