La ofensa del azar: una defensa de la envidia
No envidio el éxito. O, al menos, no el éxito cuando se deja explicar. Acepto con mayor o menor resignación la existencia de jerarquías cuando parecen responder a una lógica como el talento, el esfuerzo, la disciplina, incluso la constancia silenciosa. Pero esa inclinación se rompe cuando el éxito aparece desligado de toda causa visible. Entonces ya no admiro y solo me inquieto. Y en esa inquietud nace mi envidia. En su forma más aguda, no es el deseo de poseer lo que otro tiene. Es algo más abstracto y más perturbador, como una protesta contra la falta de sentido. No me hiere que alguien alcance lo que yo no he logrado, me hiere que lo alcance sin que yo sepa por qué. El problema es la arbitrariedad, no la desigualdad. Cuando el mundo deja de parecerme inteligible, cuando el reparto de los bienes materiales o simbólicos no responde a ninguna razón que pueda reconocer, siento que algo más profundo que mi orgullo ha sido lesionado. El azar, para mí, es tanto una categoría estadística co...













