Yo no soy yo mismo
No hay silencio. Incluso cuando callo, algo habla en mí con una voz aprendida, un eco de otros, de los muertos, de los libros que no recuerdo haber leído pero que me piensan desde dentro. La primera vez que creí ser “yo mismo” tenía quince años. Cerré la puerta de mi cuarto, apagué las luces y me senté en la cama, convencido de que en la oscuridad, sin estímulos, aparecería una especie de núcleo limpio, una chispa pura de conciencia. Esperé. Al principio llegaron recuerdos del colegio, luego la cara de mi madre, después el miedo al futuro, el olor de la mochila. Y en el fondo de todo, un murmullo, palabras que no eran mías, frases hechas, consignas, dogmas suaves. Nunca apareció el cristal transparente que buscaba. Lo único que encontré fue un ruido estructurado lleno de historia, familia, idioma, tiempo. Ahora entiendo que aquel fracaso era ya una respuesta. No existe el cuarto vacío. Entro en cualquier habitación y antes de encender la luz ya me preceden fantasmas. La conciencia no es una lámpara que ilumina, es el haz de luz deformado por el vidrio, la lámpara, el polvo, la corriente eléctrica, y también por la sombra que genera. Hay mañanas en que despierto y siento, por un segundo, que todo está en su sitio. Ese segundo dura lo que tarda en encenderse el teléfono. Entonces comprendo que incluso cuando digo “quiero”, muchas veces es el deseo de otro hablando con mi boca. La publicidad quiere a través de mí, la tradición quiere a través de mí, la necesidad económica quiere a través de mí. Yo solo pongo la firma. Pienso en la palabra “puro” y me suena a vidrio recién fabricado, sin huellas. Pero la conciencia que conozco es un espejo sucio, rayado, empañado por el aliento de otros. Veo el mundo, sí, pero siempre con marcas, con manchas, con distorsiones. Durante años creí que mi tarea era limpiarlo, dejarlo impecable, encontrar al fin el reflejo nítido de “lo que soy”. Hoy empiezo a sospechar que, si algún día quedara absolutamente limpio, no reflejaría nada. Sería una superficie transparente, invisible, inútil. Por eso a veces envidio a los místicos, esos que hablaron de un fondo sin fondo, de un sí mismo unido a algo absoluto. Me pregunto si esa nostalgia del absoluto, ese ideal de pureza no será la forma más sutil de la enajenación. Hay instantes en que la grieta se vuelve soportable. No porque se cierre, sino porque la contemplo sin intentar sellarla. Quizá la tarea no sea recuperar una conciencia metafísica inmaculada, sino aprender a habitar la alienación. Reconocer las manos ajenas que han escrito en nuestras paredes internas, distinguir qué frases queremos conservar y cuáles borrar, sabiendo que nunca habrá un muro virgen. Aceptar que pensar es, en parte, dejar que el mundo piense a través de nosotros, y al mismo tiempo introducir una ligera torsión, una resistencia mínima, un matiz: quedarme en esta penumbra mezclada, donde la conciencia, alienada, se reconoce al menos en su propia imposibilidad de ser otra cosa.










