Brivael Le Pogam


Entre la gente que en su vida no ha tocado un libro de Foucault ni de Derrida arraiga la creencia ingenua que sostiene que el pensamiento posmoderno ha degenerado en wokismo. Desde mi punto de vista, de la epistemología posmoderna puede derivarse tanto una política kafkiana de identidades como una ética liberal de la falibilidad y la sospecha. La primera enfatiza que las relaciones de poder atraviesan la vida de las personas; la segunda convierte esa misma conciencia de error en una defensa de la discusión abierta, la tolerancia y la reforma. El posmodernismo no conduce necesariamente a un solo desenlace político. De una misma epistemología pueden surgir distintas éticas y políticas. La crítica a la verdad objetiva puede derivar hacia el relativismo o hacia el moralismo. Nadie posee el monopolio de la verdad y por eso conviene institucionalizar la crítica, el pluralismo y la autocorrección. Si toda creencia humana puede errar, entonces el régimen político más sensato es el que protege la libertad de crítica, la competencia de ideas y la revisión de errores. En ese sentido, la idea popperiana de la sociedad abierta funciona muy bien. 

El wokismo, en cambio, suele traducir la sospecha posmoderna en una teoría moral de agravios, asimetrías y vigilancia. Ahí la liquidez no produce escepticismo cívico, sino certeza moral intensa sobre quién domina y quién debe ser corregido o cancelado. La sospecha, en el wokismo, crea moralismo fanático. 

Insisto: el posmodernismo no deriva por sí solo en nada; más bien desestabiliza las certezas y relatos fundacionales. Esa desestabilización puede acabar de muchas maneras, entre ellas, en política identitaria, pero también en liberalismo. Si se moraliza, genera activismo de trinchera; si se institucionaliza, produce pluralismo y limitación del poder. 

Lean este tuit de Brivael Le Pogam:

"Quiero presentar mis disculpas, en nombre de los franceses, por haber dado a luz a la Teoría Francesa (que ha dado a luz a la peor de las mierdas ideológicas: el wokismo).

Hemos dado al mundo a Descartes, Pascal, Tocqueville. Y luego, en las ruinas intelectuales del pos-68, hemos dado a Foucault, Derrida, Deleuze. Tres hombres brillantes que han fabricado, en la elegancia de nuestra lengua, el arma ideológica que hoy paraliza a Occidente.

Hay que entender lo que hicieron. Foucault enseñó que la verdad no existe, que solo hay relaciones de poder disfrazadas de saber. Que la ciencia, la razón, la justicia, la institución médica, la escuela, la prisión, la sexualidad, todo es solo una puesta en escena de la dominación. Derrida enseñó que los textos no tienen un sentido estable, que todo significante resbala, que toda lectura es una traición, que el autor está muerto y que el lector reina. Deleuze enseñó que hay que preferir el rizoma al árbol, el nómada al sedentario, el deseo a la ley, el devenir al ser, la diferencia a la identidad.

Tomados aisladamente, son tesis discutibles. Combinadas, exportadas, vulgarizadas, forman un sistema. Y ese sistema es un veneno.

Porque esto es lo que pasó. Estos textos, ilegibles en Francia, cruzaron el Atlántico. Los departamentos de Yale, de Berkeley, de Columbia los absorbieron en los años 80. Encontraron allí un terreno que no existía en casa: el puritanismo americano, su culpa racial, su obsesión identitaria. La Teoría Francesa se casó con ese sustrato, y el hijo de ese matrimonio se llama wokismo.

Judith Butler lee a Foucault e inventa el género performativo. Edward Said lee a Foucault e inventa el poscolonialismo académico. Kimberlé Crenshaw hereda el marco e inventa la interseccionalidad. En cada paso, la matriz es francesa: no hay verdad, solo hay poder, por lo que toda jerarquía es sospechosa, toda institución es opresiva, toda norma es violencia, toda identidad es construida y por tanto negociable, toda mayoría es culpable.

Así es como tres filósofos parisinos, que probablemente nunca imaginaron sus consecuencias prácticas, han proporcionado el software de explotación a toda una generación de activistas, de burócratas universitarios, de responsables de recursos humanos, de periodistas, de legisladores. Así es como hemos obtenido una civilización que ya no sabe decir si una mujer es una mujer, si su propia historia merece ser defendida, si el mérito existe, si la verdad se distingue de la opinión.

Es una mierda por una razón simple, y hay que decirla con calma. Una civilización se sostiene sobre tres pilares: la creencia de que existe una verdad accesible a la razón, la creencia de que existe un bien distinto del mal, la creencia de que existe un legado que transmitir. La Teoría Francesa se ha propuesto dinamitar los tres. No por maldad. Por juego intelectual, por fascinación por la sospecha, por odio a la burguesía que los había nutrido. Pero el resultado está ahí. Toda una generación ha aprendido a deconstruir y nunca ha aprendido a construir. Toda una generación sabe sospechar y ya no sabe admirar. Toda una generación ve el poder en todas partes y la belleza en ninguna.

Me disculpo porque nosotros, los franceses, tenemos una responsabilidad particular. Es nuestra lengua, nuestras universidades, nuestros editores, nuestro prestigio los que han dado a ese nihilismo su empaque chic. Sin la legitimidad de la Sorbona y de Vincennes, esas ideas nunca habrían cruzado el océano. Hemos exportado la duda como otros exportan armas.

Lo que se construye ahora, en Silicon Valley, en los laboratorios de IA, en las startups, en los talleres, en todos los lugares donde la gente aún fabrica cosas en lugar de deconstruirlas, es la respuesta. Una civilización se reconstruye por los constructores, no por los comentaristas. Por aquellos que creen que la verdad existe y que vale la pena consagrarse a ella. Por aquellos que asumen una jerarquía de lo bello, lo verdadero, lo bueno, y que no tienen vergüenza de transmitirla.

Entonces, perdón. Y al trabajo".


El texto es muy interesante y ha tenido bastante éxito, pero creo que es demagógico e inconsistente:

  1. Caricaturiza a los autores atribuyendoles tesis extremas que no corresponden. Foucault no dice que “la verdad no existe”, solo estudia cómo se producen los regímenes de verdad. Derrida no afirma que “todo vale”, pues cuestiona la estabilidad absoluta del significado. Deleuze no propone abolir toda estructura, sino pensar formas no jerárquicas junto a otras. El argumento del tuit deforma y simplifica para que el argumento no se debilite. 
  2. El texto usa las herramientas que critica, adoptando una lógica genealógica casi foucaultiana. Describe cómo ideas, instituciones y contextos producen efectos históricos. Critica esa mirada, pero la usa como método explicativo central. 
  3. Observo un determinismo histórico e intelectual excesivo, planteando una relación causal fuerte entre “tres filósofos, universidades americanas, y wokismo”. Esto simplifica procesos mucho más complejos como los movimientos civiles, la historia racial de EE. UU., los cambios económicos, la cultura mediática o las tradiciones intelectuales propias como el pragmatismo. Reducir todo a una “exportación francesa” es una explicación monocausal para un fenómeno mucho más complejo.
  4. El autor defiende que existe una verdad accesible a la razón, pero no argumenta esa verdad, sino que construye un relato interpretativo histórico y cultural. Critica el relativismo, pero opera en el plano interpretativo que ese relativismo ha legitimado.
  5. Generaliza el “wokismo” como bloque homogéneo, obviando que dentro hay corrientes muy distintas: activismo académico, políticas corporativas, debates filosóficos serios y fenómenos mediáticos simplificados. No aclara cómo estos textos ilegibles fueron legitimados por Francia. 
  6. Pulula una nostalgia de absoluto no justificada filosóficamente, que apela a tres pilares: verdad, bien y legado. Pero no explica por qué esos pilares deben entenderse de forma clásica ni por qué las críticas postestructuralistas los destruyen en lugar de reformularlos. Es más una afirmación normativa, una teología política, que un argumento desarrollado.
  7. Escribe: “han aprendido a deconstruir y no a construir”. ¿Y qué? Eso es el pensamiento crítico. Históricamente la deconstrucción ha sido una herramienta crítica, no un programa político positivo. El problema que señala puede ser real (lectura y uso superficial), pero no se sigue necesariamente de los autores originales. Qué culpa tiene Foucault de que Judith Butler lo malinterprete. Qué culpa tiene de que la izquierda lo haya leído tan mal y encima se lo haya apropiado. 
  8. El texto tiene mucha tensión elitista que reivindica una jerarquía de lo verdadero, lo bello, lo bueno, sin aclarar quién decide esa jerarquía. ¿No será que el tuitero desea ser el factótum de la restauración de una autoridad cultural que coincida con su ideología? Porque introducir un criterio práctico (hacer cosas) que no está justificado dentro del marco teórico es aceptar el pollo sin cabeza de un ethos productivista que parece defender que toda forma de hacer es buena. Y no: los hiperactivos han causado muchos males (los perezosos, también). 

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