La inmortalidad


La inmortalidad no la imagino como una extensión generosa de la vida. La veo como una lenta erosión del deseo. Vivir para siempre sería desear cada vez menos, como si el tiempo, al no tener fin, desgastara toda urgencia hasta volverla irrelevante. Lo eterno no libera, solo aplaza el cansancio. He llegado a creer que la pérdida no es un defecto de la vida. La mortalidad, en ese sentido, me define, no me limita. La inmortalidad, en cambio, se me aparece como una disolución, una intemperie. Imaginar una vida infinita es una pesadilla. Empiezo a ver la muerte como una forma secreta de orden y no solo como una interrupción. El deseo necesita una frontera, sin ella, se evapora. Lo que anhelo existe en la medida en que no lo tengo del todo y en que sé que podría no tenerlo nunca. Y luego, el tedio, la consecuencia natural hasta el infinito. Vivir demasiado sería empezar a ver repetición en todas partes. Morir, entonces, no siempre sería perder; a veces sería evitar que la vida se convierta en una costumbre absoluta, en una inercia sin relieve. 

La inmortalidad sería un triunfo técnico que encierra una derrota profunda. 


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