La ofensa del azar: una defensa de la envidia


No envidio el éxito. O, al menos, no el éxito cuando se deja explicar. Acepto con mayor o menor resignación la existencia de jerarquías cuando parecen responder a una lógica como el talento, el esfuerzo, la disciplina, incluso la constancia silenciosa. Pero esa inclinación se rompe cuando el éxito aparece desligado de toda causa visible. Entonces ya no admiro y solo me inquieto. Y en esa inquietud nace mi envidia. En su forma más aguda, no es el deseo de poseer lo que otro tiene. Es algo más abstracto y más perturbador, como una protesta contra la falta de sentido. No me hiere que alguien alcance lo que yo no he logrado, me hiere que lo alcance sin que yo sepa por qué. El problema es la arbitrariedad, no la desigualdad. Cuando el mundo deja de parecerme inteligible, cuando el reparto de los bienes materiales o simbólicos no responde a ninguna razón que pueda reconocer, siento que algo más profundo que mi orgullo ha sido lesionado. El azar, para mí, es tanto una categoría estadística como una experiencia moral. Me ofende porque derrumba mi idea de justicia. Mientras creo que el mundo, de algún modo, recompensa lo que merece ser recompensado, puedo soportar la derrota. Incluso puedo integrarla en una narrativa personal. Puedo pensar que no fui suficientemente bueno, no me esforcé lo bastante, no era el momento. Pero cuando el éxito de otro aparece como un acontecimiento gratuito, inmerecido, inexplicable, esa narrativa se derrumba. Ya no hay lección que extraer ni regla que aprender. Solo queda la constatación de que el mundo no tiene por qué obedecer a mis criterios de justicia. Ahí mi envidia se vuelve más amarga, porque ya no apunta solo al otro, sino al propio orden de las cosas. El envidiado se convierte para mí en un símbolo incómodo que encarna la posibilidad de que todo sea contingente. Su fortuna me recuerda que mis propias derrotas podrían no tener sentido, que tal vez no haya una relación estable entre lo que doy y lo que recibo. Y esa sospecha me resulta difícil de sobrellevar. Por eso distingo, casi instintivamente, entre el vencedor justo y el afortunado. Al primero lo admiro, incluso si me supera. Tengo múltiples ejemplos de ello. Hay en su éxito una especie de confirmación del mundo, donde las cosas funcionan como deberían. El segundo, en cambio, me desconcierta. Su triunfo me parece una anomalía, una interrupción del orden. No porque realmente lo sea —sé que el azar forma parte constitutiva de la realidad—, sino porque contradice la imagen que necesito sostener para orientarme en ella. Envidiar, entonces, no es tanto querer tener lo que otro tiene como exigir una explicación que no llega. Es una forma de impugnar la distribución del sentido antes que la de los bienes. En el fondo, mi envidia contiene una aspiración legítima, como la de que el mundo sea comprensible, que haya alguna proporción entre causa y efecto, entre mérito y recompensa. Pero esa aspiración choca con el hecho incómodo de que la realidad no está obligada a ser justa, ni siquiera coherente. Quizá por eso mi envidia tiene algo de desesperanza. Cuando envidio, lo que se tambalea es mi autoestima y mi fe en que el esfuerzo tenga sentido. Mi envidia es el momento en que sospecho que esa fe puede ser ingenua. Sin embargo, también me pregunto si esa fe no es, en parte, una construcción necesaria. Tal vez la idea de mérito no describe tanto cómo funciona el mundo, sino cómo necesito imaginarlo para actuar en él. Sin esa creencia, el esfuerzo perdería su justificación más íntima. El azar amenaza esa relación, y por eso me resulta moralmente ofensivo. Mi envidia, creo, es el homenaje amargo que rindo a la tensión entre querer un mundo justo y habitar en uno contingente. Entre ambos, mi conciencia, en ese vaivén, a veces admira, a veces envidia, y casi siempre busca —sin encontrarla del todo— una explicación que le devuelva el equilibrio. 


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