La señal de Atacama
Durante un tiempo se creyó que la señal captada en Atacama no era más que ruido, un ruido sofisticado, eso sí, un ruido digno de un paper.
El doctor Adrián Valcárcel, cuyo nombre hasta entonces apenas circulaba fuera de círculos discretamente obsesivos como son los de los lingüistas de lenguas muertas, programadores de lo intraducible, fue invitado a opinar más por cortesía que por convicción. En estos casos siempre hay alguien que insiste en ver estructura donde los demás ven interferencia. A veces aciertan. Casi nunca conviene escucharlos demasiado pronto.
—No parece un mensaje —dijo—. Estamos buscando algo que se parezca a nosotros.
La frase, como tantas otras que luego adquieren una gravedad retrospectiva, pasó casi desapercibida.
Tres semanas después, ya no.
Lo que inquietaba no era la complejidad de la señal. Lo raro era su negativa a organizarse como secuencia. No avanzaba, no se desplegaba, no “decía” nada en el sentido en que esperamos que algo diga algo. Era, más bien, una especie de simultaneidad compacta.
Adrián empezó a sospechar que el problema no estaba en la señal, quizá en la expectativa de linealidad que él mismo, inevitablemente, le imponía. Intentó traducirla y fracasó. Intentó describirla y fracasó mejor. Finalmente, en un aspaviento que algunos calificaron de metodológicamente irresponsable (y que a mí, debo admitir, me resulta el único interesante), decidió aprender a pensar en ella: no había sujetos. Esto, dicho así, parece una extravagancia menor, casi un capricho gramatical. Pero conviene no subestimar la obstinación del sujeto, pues aparece incluso donde creemos haberlo eliminado.
Adrián pasó meses tratando de no introducirlo. Meses evitando que algo hiciera algo. Meses esquivando esa pequeña tiranía que organiza nuestras frases y, quizá, algo más que nuestras frases. Hasta que comprendió, y aquí, si uno es honesto, empieza a incomodarse, que no se trataba de una lengua sin sujeto, sino de una lengua donde la distinción misma carecía de sentido. No faltaba el actor. Sobraba la idea de acción.
En sus notas aparece un ejemplo que luego se volvió célebre: no “el observador mira la luna”. Algo así como “observación-luna-observador-ocurrencia”.
Recuerdo haber leído eso por primera vez y haber pensado que no decía nada. A la tercera lectura, en cambio, me perturbó la intuición de que quizá decía demasiado.
Adrián comenzó a cambiar. Esto también se dijo de forma exagerada al principio, como si se tratara de una conversión. No lo fue. Fue algo más discreto y, por eso mismo, más perturbador. Primero, migrañas. Luego, sueños sin protagonistas. Finalmente, una especie de sospecha persistente, como que las cosas no estaban donde creíamos que terminaban.
El episodio del ventilador se cita a menudo, quizá porque tiene algo de escena pedagógica. “El ventilador gira”, pensó. Y la frase le pareció falsa. No metafóricamente falsa. Falsa como lo es una ecuación mal planteada. ¿Dónde termina un ventilador? ¿En su carcasa? ¿En el aire que desplaza? ¿En la corriente que lo alimenta? ¿En la necesidad que lo enciende?
Adrián empezó a ver cortes arbitrarios por todas partes. Y lo que es peor, empezó a sospechar que esos cortes no solo organizaban la percepción, la sostenían.
Consultó a Herrera, físico, que representaba la última línea de defensa de lo que podríamos llamar, con cierta nostalgia, el sentido común científico.
—Las ecuaciones son invariantes —dijo Herrera—. Puedes cambiar el lenguaje, pero no el fenómeno.
Adrián no discutió de inmediato. Es significativo que no lo hiciera. Porque, como se supo después, ya había comenzado a detectar pequeñas fisuras. Nada espectacular: una taza que no estaba exactamente donde debería, sombras ligeramente desviadas, mediciones que no coincidían, errores. Siempre errores. Hasta que dejaron de serlo.
Cuando dos equipos obtuvieron resultados distintos en condiciones idénticas, salvo por la exposición de uno de ellos a la estructura lingüística, Herrera dejó de hablar de invariancia y empezó a hablar, con visible incomodidad, de “condiciones de coherencia”.
Fue un matiz. Pero a veces el mundo se desplaza en matices. La lengua, y aquí aparece otro término que convendría usar con cautela, comenzó a circular. No como contenido, como forma. No hacía falta entenderla. Bastaba intentar hacerlo. Ciertas configuraciones no podían integrarse en la sintaxis habitual sin deformarla. Y en esa deformación algo cedía. Se habló de virus cognitivo, expresión que tiene la ventaja de tranquilizar porque sugiere algo externo, identificable, combatible. No era el caso. Lo que se propagaba no era un agente. Era una incompatibilidad. Quienes la atravesaban describían, casi siempre, una misma sensación del fin de una tensión que no sabían que existía. No unidad, decían. No fusión. Más bien imposibilidad de separar.
Mientras tanto, el mundo, uso el término con la cautela exigida en este punto, empezó a comportarse de manera errática. Las montañas perdieron nitidez. Los edificios, convicción. Las distancias, disciplina.
Herrera, en una conferencia tardía y poco citada, formuló lo que quizá fue la última objeción coherente:
—Si la realidad depende del lenguaje, entonces nunca tuvimos realidad. Solo estabilidad.
No se le refutó. Tampoco se le siguió.
Adrián apareció por última vez en una transmisión global. No parecía transformado, lo cual resultó más escalofriante que cualquier otra posibilidad.
—Creíamos que el lenguaje describía el mundo —dijo—. Pero quizá lo que hace es recortarlo.
Pausa.
—Y ese recorte… es lo que llamamos mundo.
Durante un instante, y esto, como todo lo importante, es discutido, su rostro dejó de separarse del fondo. No ocurrió nada visible. Y, sin embargo, ocurrió.
El último texto atribuido a Adrián es una nota breve. No tiene firma. Tampoco la necesita.
“Nunca existió un mundo descrito. Solo descripción ocurriendo. Lenguaje sustituyendo mundo”. Hay una cuarta línea, menos citada, quizá porque resulta menos elegante: “coherencia sin nadie”
A veces pienso, y no sé muy bien desde qué posición lo pienso, que lo verdaderamente perturbador no fue la aparición de esta lengua. Fue la sospecha de que siempre hubo esta sensación de vivir en un mundo incompleto, recortado. Y que, por alguna razón que ahora ya no sabríamos formular sin incurrir en nostalgia, habíamos logrado mantenernos fieles a él.










