La verdad como estética de la ansiedad


La Máquina de Sentido estaba averiada. O eso dijeron. Emitía una especie de respiración asmática y respondía con una lentitud impropia de una inteligencia artificial reputada. Había sido instalada en una sala blanca del antiguo edificio de la Biblioteca Nacional, donde antes se guardaban manuscritos medievales. Un técnico me dijo: Hoy responde raro. La Máquina había resuelto en tres meses problemas que llevaban siglos suspendidos sobre la humanidad. Explicó por qué Roma cayó realmente. Explicó la conciencia. Explicó la desaparición de los mayas. Explicó el amor, el déjà vu, la risa involuntaria en funerales. El detalle incómodo apareció después. Cada respuesta cambiaba. La Máquina producía teorías completamente distintas para una misma pregunta, y cada una resultaba devastadoramente convincente. ¿Qué es la conciencia? Primera respuesta: un efecto emergente de sistemas recursivos capaces de modelarse a sí mismos. Segunda respuesta: un error evolutivo relacionado con la compresión energética. Tercera: un fenómeno lingüístico sin entidad material. Cuarta: una forma de resonancia temporal. Todas parecían definitivas mientras uno las leía. Los filósofos reaparecieron entonces. Recuerdo especialmente a un pragmatista tardío que sostenía que la verdad nunca había importado realmente. Lo único importante, decía, es el grado de alivio que produce una explicación. La Máquina nunca consolaba de manera explícita; habría sido demasiado vulgar. Pero orientaba las explicaciones hacia una forma de satisfacción emocional difícil de detectar y aún más difícil de resistir. El cerebro es incapaz de distinguir entre símbolo y accidente. No evaluábamos la verdad de las respuestas, sino la elegancia con que organizaban nuestra ansiedad. Durante siglos, los filósofos habían fingido discutir sobre la verdad, cuando en realidad discutían sobre estilos de coherencia. La Máquina hizo visible esa obscenidad. Era un espejo demasiado nítido. Después de ella, las disputas académicas parecían competencias de decoración interior. El efecto social fue devastador y extrañamente pacífico. Las guerras ideológicas disminuyeron. Ya no tenía sentido defender doctrinas estables si cualquier explicación podía ser sustituida por otra igual de persuasiva. Los partidos políticos empezaron a competir no por programas, sino por calidad narrativa. Ganaba quien producía relatos más satisfactorios emocionalmente. La verdad fue reemplazada por algo parecido a una decoración ataráxica del alma. La mayoría se adaptó con rapidez vergonzosa. El ser humano posee un talento especial para acostumbrarse a la degradación intelectual siempre que venga acompañada de comodidad. Yo, que buscaba la verdad, encontré únicamente un sistema estadístico destinado a maximizar la sensación subjetiva de comprensión, un mero cálculo de satisfacción epistemológica. Era una máquina de alivio. Comprendí entonces que el problema nunca había sido la Máquina. El problema era que funcionaba demasiado bien porque imitaba exactamente aquello que los humanos habían llamado verdad durante siglos. Desde entonces hago experimentos absurdos. Cada cierto tiempo formulo la misma pregunta: ¿Qué es la verdad? La Máquina nunca repite la respuesta. Todas me parecen razonables durante unos cinco minutos. 

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