Siempre llegamos tarde, Alberto Laiseca
Hay leyes tan eficaces que no necesitan ser promulgadas. Se infiltran y cuando por fin advertimos que existen ya hemos obedecido. Quizá por eso las leyes más efectivas son las que se perciben como naturales, porque, al no haber sido enunciadas, no parecen leyes. No tienen policía, ni artículo, ni número. Se limitan a estar ahí, respirando con nosotros.
Una de ellas, acaso la más literaria de todas, establece que siempre llegamos tarde. Llegamos tarde a la literatura, naturalmente. Cuando ya han llegado todos los demás y han dejado sobre la mesa sus teorías, sus cadáveres, sus influencias. Entonces comprendemos que la originalidad, esa virtud que durante tanto tiempo se nos ha presentado como una propiedad privada, quizá consista únicamente en administrar con cierto estilo aquello que hemos robado.
De ahí que me haya interesado siempre aquella provocación según la cual «el plagio es la destilación del artista». El plagio, si se lo observa sin la solemnidad de los notarios, quizá sea precisamente eso, una forma extrema de conciencia de la literatura. El plagiario sabe que todo estaba escrito antes de que él llegara, y su delito consiste en no fingir que lo ignora.
Por favor, ¡plágienme! podría ser entonces el título de una defensa, pero también el de una renuncia. Una invitación a que otros continúen el saqueo, a que alguien encuentre en nuestras frases aquello que todavía pueda ser reutilizado, deformado, contradicho. En un tiempo en que se pone más énfasis en la autoridad que en el ejercicio mismo de autorizarse, el ensayo parece condenado a presentarse con documentos.
Harold Bloom llamó a esto la angustia de las influencias, esa dificultad de llegar después de que la fiesta ha empezado y encontrar todavía un rincón desde el que decir algo.
Alberto Laiseca llevó la sospecha hasta el extremo. La diferencia entre plagio y tradición sería, en el fondo, una cuestión de etiqueta. El saqueo admitido recibe el nombre de tradición; el saqueo discreto, el de plagio. Y aquella frase atribuida a Dalí —«Todo lo que no es tradición es plagio»— parece haber sido escrita por alguien que comprendió que la historia del arte se parece bastante a la historia de los ladrones: los vencedores escriben la genealogía y los vencidos aparecen en los expedientes.
Quizá por eso Oscar Wilde resulta tan necesario en estas discusiones. «La vida imita al arte mucho más que el arte imita a la vida», dijo, y con ello consiguió que la realidad quedara en una posición bastante incómoda. Porque si la vida imita al arte, entonces tampoco sabemos ya quién empezó. El escritor observa la vida para escribirla; la vida, mientras tanto, ha leído demasiados libros y empieza a comportarse como ellos.
Vale decir que si rezar es una concesión al cielo, llorar es una forma de rendir tributo al infierno. Sontag, que desconfiaba de las explicaciones, reclamó para el arte el papel de lo arbitrario y de lo injustificable. Me interesa esa defensa porque no todo debe ni puede justificarse. No toda frase necesita explicar de dónde procede, ni todo escritor tiene que comparecer ante el tribunal de las influencias para demostrar que sus huellas digitales son exclusivamente suyas.
Hay leyes, en efecto, que funcionan mejor cuando nadie las proclama. La literatura posee varias. Una establece que todo escritor debe negar sus robos. Otra, más secreta, ordena que los cometa. Una tercera dispone que, si los robos han sido suficientes y suficientemente antiguos, reciban el nombre honorable de tradición.
Y existe quizá una cuarta ley, la más natural de todas: que siempre llegamos tarde.









