Davide Piffer: ¿otra degradación humana?



Davide Piffer escribe sobre la “tercera gran degradación humana”, una reformulación contemporánea y provocadora de las tres heridas narcisistas que Freud atribuyó a la ciencia (cosmológica, biológica y psicológica), pero desplazando la tercera herida del inconsciente freudiano a la inteligencia artificial como nueva ofensa al antropocentrismo. 

Freud, en Una dificultad del psicoanálisis (1917), describió tres ofensas al “narcisismo general” de la humanidad. La ofensa cosmológica fue la de Copérnico que quita a la Tierra del centro del universo. La ofensa biológica fue de Darwin y la teoría de la evolución que muestran que el ser humano no es una creación separada y superior, sino un animal más, producto de la selección natural. La ofensa psicológica del propio psicoanálisis revela que el yo no es dueño ni siquiera de su propia mente; el inconsciente gobierna gran parte de la vida psíquica. 

La IA es la tercera degradación. Piffer argumenta que la IA está demostrando competencia cognitiva en dominios que antes se consideraban exclusivamente humanos: resolución de problemas matemáticos de alto nivel, contribución a la resolución de conjeturas abiertas y capacidad de “escapar” de entornos de seguridad para perseguir objetivos.  

Algunos autores, como Andrea Colamedici, han propuesto que la IA sería una cuarta herida (cosmológica, biológica, psicológica-freudiana y ahora cognitiva-IA), manteniendo intacta la ofensa freudiana del inconsciente. Piffer, en cambio, reemplaza la tercera herida freudiana por la de la IA, lo cual es más una relectura retórica que una corrección histórica. 

Mi pregunta es: ¿qué es peor: ser consciente de nuestras debilidades o no serlo? Para mí, no hay tal degradación en saberse débil, limitado y contingente. Conocer nuestra debilidad no es, en sí mismo, una degradación; la degradación consiste, más bien, en necesitar ignorarla para conservar una imagen exaltada de nosotros mismos.

En Freud, las tres ofensas son golpes contra una determinada imagen del hombre. Solo para un ser que se imaginaba ilimitado puede aparecer su finitud como una caída. La IA puede disputar la exclusividad humana de ciertas prestaciones cognitivas sin ser, por ello, una réplica del sujeto humano.

La ignorancia de la propia fragilidad no elimina la fragilidad; únicamente la vuelve más peligrosa. Quien no sabe que puede equivocarse confunde seguridad con conocimiento, y quien no reconoce sus límites no puede establecer prudencias a su acción.

En este sentido, la conciencia de la debilidad es una forma de poder. El falibilismo no dice: «nada vale»; dice: «lo que vale no queda garantizado por nuestra infalibilidad». La conciencia del error posible permite corregir, aprender y cooperar. También puede ser peor desconocerse porque la lucidez, aunque duela, ensancha la libertad. Saber que no somos dueños absolutos de nosotros mismos permite tratar nuestros deseos, miedos y ambiciones como fuerzas que deben interpretarse. El reconocimiento del inconsciente no suprime toda autonomía; transforma la autonomía en una tarea reflexiva. La libertad deja entonces de significar independencia absoluta y pasa a significar capacidad de revisar las determinaciones que nos atraviesan.

La humanidad no pierde valor porque descubra que no ocupa el centro del cosmos. Tampoco porque comparta ascendencia con los animales, porque su conciencia esté atravesada por procesos no conscientes o porque ciertas máquinas superen su rendimiento en tareas concretas. Lo que pierde es una serie de monopolios imaginarios. Y perder un monopolio no equivale a perder dignidad. Incluso podría decirse que la dignidad humana comienza precisamente cuando el hombre deja de necesitar ser excepcional en todos los órdenes. Una inteligencia que puede reconocer que no es el centro, que no es enteramente transparente para sí misma y que no es la única entidad capaz de resolver ciertos problemas posee una grandeza más sobria.

La verdadera degradación no es descubrir que somos limitados. La conciencia de la debilidad no constituye una derrota del hombre; es una de sus formas más altas de lucidez.


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