La república de los soñadores, Volker Weidermann



La república de los soñadores (2019), de Volker Weidermann, trata sobre la efímera República Libre de Baviera de 1918 a 1919, un gobierno liderado por intelectuales, poetas y periodistas, con Kurt Eisner como figura central, un experimento que puede interpretarse como una utopía poética y como un episodio de paternalismo ilustrado, donde una élite cultural intenta gobernar en nombre del pueblo, tutelándolo, sin someterse a los frenos institucionales. 

Weidermann presenta la república bávara como una oportunidad truncada de construir un régimen progresista y pacifista. Allí la política deja de ser un espacio de reglas impersonales y se convierte en un escenario de visiones moralistas encarnadas en líderes carismáticos, donde el pueblo ni sabe ni puede saber lo que quiere, sino que son ellos, los intelectuales, los que decidirán desde sus preferencias y prejuicios personales.

Desde el liberalismo, la cuestión no es solo si los fines son nobles (paz, justicia, democracia), sino qué mecanismos impiden que esos fines degeneren en arbitrariedad y en abuso de poder. La narrativa de Weidermann, aunque ágil y documentada, tiende a estetizar la experiencia y a presentar el fracaso como tragedia histórica más que como consecuencia previsible de una arquitectura institucional débil.

Estos dictadores paternalistas estaban convencidos de que una minoría ilustrada sabe lo que el pueblo necesita mejor que el propio pueblo. En Baviera, eso se tradujo en un proyecto de transformación moral y social impulsado desde arriba por una vanguardia cultural, con escasa atención a los límites del poder y a la protección de las libertades individuales frente a la mayoría o frente a los propios gobernantes. 

El liberalismo desconfía de las vanguardias morales en el gobierno porque, aun con intenciones benévolas, tienden a sustituir el debate público por la imposición de una visión del bien. En ese sentido, La república de los soñadores funciona como un caso de libro de texto de cómo el idealismo político, sin contrapesos institucionales fuertes, se vuelve vulnerable a la deriva autoritaria o al colapso violento. 

El liberalismo no es enemigo de los sueños, pero sí de la política como realización de utopías. Prefiere reglas claras, separación de poderes y derechos individuales. La experiencia bávara muestra los riesgos de confiar el rumbo de la sociedad a una coalición de intelectuales y activistas, pues la política se vuelve frágil, dependiente de la cohesión del grupo y de la figura del líder, y expuesta a reacciones contrarrevolucionarias brutales. 

Weidermann deja entrever que aquel episodio pudo haber cambiado el rumbo del siglo XX, lo que alimenta la nostalgia de la oportunidad perdida. Pero desde el liberalismo, la pregunta relevante es otra: ¿qué diseño institucional habría permitido canalizar esas energías reformistas sin concentrar poder ni moralizar la política? La respuesta liberal sería "más instituciones probadas y experimentadas, y menos mesias". 

La actualidad del libro no está solo en su crónica de días convulsos, sino en su eco de nuestros propios debates sobre tecnocracia, élites culturales y populismos. La lección liberal es clara: los proyectos políticos deben ser evaluados por su capacidad de limitar el poder y proteger la libertad, no por la belleza de sus sueños ni por el prestigio de sus promotores. En ese sentido, La república de los soñadores nos advierte que cuando los soñadores gobiernan sin frenos, la república puede convertirse, aunque sea por poco tiempo, en dictadura. 

Hesse quiere ser libre. Acaba de separarse de su mujer de su hijo. Quiere volver a los tres consuelos de sus años de juventud: el trabajo literario, el alcohol y, como telón de fondo, el pensamiento reconfortante del suicidio. Y se traslada a su propio sur. Al cantón del Tesino. Ésta es la revolución de Hesse. El camino a la soledad. Lejos de todo. «Cuando veo de nuevo esta bendita tierra de la vertiente sur de los Alpes, siempre tengo la sensación de estar volviendo a casa después de un destierro, como si finalmente estuviera de nuevo en el lado correcto de las montañas». Solamente puede influir desde la soledad, escribe Hesse a sus amigos, que lo impulsan a participar en la revolución mundial. «No puedo convencer a nadie, no puedo defender mis posturas ante nadie, dejo de ser un personaje, pierdo mi valor, cuando estoy sentado en la superficie de las cosas y me veo expuesto a los efectos directos y constantes de la gente y los movimientos». Reflexionar y dejar que las cosas sigan su curso. Teme que en nuevas revoluciones haya más violencia, que las nuevas ideas para mejorar el mundo no traigan más que desgracias y dolor. Y todo esto porque huís continuamente del sufrimiento. Huís de vosotros mismos, de vuestra alma! Predica desde su púlpito de soledad y precisamente contra aquellos que creen que están haciendo un mundo mejor. «El mundo no está ahí para que lo mejoremos». Gracias a personas que se buscan con seriedad y con empeño, que no tienen ni objetivos ni metas, a quienes les basta con vivir y ser ellos mismos.

El nuevo mundo: hasta hace poco una espléndida hoja en blanco en la que finalmente todos podíamos escribir, pintar, planificar, diseñar. Pero pronto ha quedado llena de garabatos de pánico, odio, reproches, burlas y violencia. La noche del 9 de abri Rainer Maria Rilke, el discreto poeta que vive al margen, quien desde principios de año prácticamente no sale de casa, que ha puesto su escritorio en medio de la habitación, ha decidido cambiar de vida y desterrar de ella el mundo exterior —a excepción de las mujeres—. Está el insaciable impulso de compensación y de enaltecimiento de uno mismo, el desasosiego, la sensación de no hacer nunca suficiente, el olvido de los éxitos conseguidos, su rápida pérdida de valor debido a la conciencia de uno mismo, el vacío y el tedio, el sentimiento de inutilidad en cuanto no se puede hacer nada para tener al mundo en vilo, la compulsión insomne de tener que demostrar la propia valía una y otra vez… 






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