Nuevo elogio del imbécil, Pino Aprile
La inteligencia tiende a diferenciar, matizar y problematizar, lo que genera división, conflictos y disenso. La estupidez, en cambio, aplana y une, porque simplifica el mundo en consignas, adhesiones viscerales y pertenencias identitarias: la multitud que aclama al líder o al equipo de fútbol es el paradigma de esta comunidad basada en la imbecilidad compartida.
En el mundo contemporáneo, la imbecilidad es tanto un déficit como una estrategia adaptativa eficaz que facilita la integración en sistemas burocráticos y jerárquicos que necesitan obediencia y repetición, no creatividad ni disenso. La estructura social y económica premia la docilidad, la mediocridad y la capacidad de no poner en cuestión el orden establecido.
Una vez que el genio ha resuelto los grandes problemas, la mayoría solo necesita copiar soluciones, sin pensar, y así las capacidades intelectuales se marchitan. El genio es neutralizado. Los sistemas sociales se defienden de la inteligencia disruptiva como un organismo se defiende de un agente externo peligroso.
El poder se protege destruyendo inteligencia. Se asegura la estabilidad mediante la mediocrización.
El dominio de lo visual sobre la palabra actúa sobre las partes más antiguas del cerebro, produciendo hipnosis y videodependencia. Esta invasión de imágenes poda el cerebro, reduciendo la capacidad reflexiva y potenciando respuestas automáticas y emocionales.
Cuanto más difundimos nuestras opiniones, más estúpidos nos volvemos. La producción de tonterías, insultos y vulgaridades en línea se retroalimenta a ritmo exponencial; toda esa basura se eterniza y consolida un ecosistema donde parece más inteligente quien se mantiene callado.









