Uno va descubriendo poco a poco que la verdad no suele presentarse sola...
Llega acompañada de un sello, una firma, un uniforme, un archivo, una comisión de expertos. La verdad necesita testigos y, sobre todo, necesita instituciones que certifiquen que aquello que creemos verdadero merece ser creído.
Lo mismo sucede con el bien. Hay tribunales de la moral, comités invisibles que deciden quién ha sido virtuoso, quién ha pecado y quién, aun habiendo hecho lo correcto, lo ha hecho de una manera inconveniente.
La política conoce perfectamente este mecanismo. Allí la legitimidad adopta formas más solemnes: elecciones, parlamentos, constituciones, mayorías, procedimientos. Una vez que la institución ha hablado, parece que la realidad adquiere de pronto una consistencia suplementaria. No importa tanto que algo sea justo como que haya sido legitimado.
La historia, más tarde, organiza retrospectivamente el caos. Allí donde los contemporáneos vieron accidentes, derrotas, cobardías y decisiones tomadas a ciegas, el historiador encuentra causas. El archivo, como un sacerdote laico, escucha a los muertos y decide cuáles de ellos merecen continuar hablando. Algunos acontecimientos entran en los manuales; otros, no.
Pero es quizá el arte el territorio donde la legitimación alcanza su forma más cómica y más perfecta. Una obra de arte no siempre es reconocida por lo que contiene, sino por el lugar que ocupa, por el museo que la cuelga, por el crítico que la interpreta, por el catálogo que la nombra, por la universidad que la convierte en objeto de estudio. Hay cuadros que parecían mudos hasta que alguien escribió veinte páginas sobre su silencio. Hay novelas que nadie leía hasta que una institución decidió que debían ser leídas. Y hay artistas que, después de morir, experimentan la curiosa metamorfosis de convertirse en imprescindibles.
Me interesa esa maquinaria porque se parece sospechosamente a la memoria. También nosotros somos instituciones de legitimación. Cada cual conserva un pequeño museo privado en el que decide qué recuerdo merece ser restaurado y cuál debe permanecer en una sala cerrada. Nos contamos nuestra propia historia y, al hacerlo, falsificamos cuidadosamente los documentos. No recordamos lo que ocurrió: recordamos aquello que hemos conseguido legitimar ante nosotros mismos. Por eso desconfiamos tanto de quienes cambian de opinión. Una nueva opinión obliga a reorganizar las vitrinas, a retirar algunas estatuas, a poner otras en la entrada.
Y sin embargo necesitamos esas instituciones. Sin ellas, la moral sería únicamente una colección de impulsos, la política una disputa entre fuerzas, la historia un cementerio sin nombres y el arte una habitación llena de objetos que nadie sabe cómo mirar.
El problema comienza cuando olvidamos que son instituciones y empezamos a creer que son la realidad. Entonces el sello se confunde con la verdad, el veredicto con la justicia, el relato con el pasado y el museo con el arte. Y uno acaba viviendo dentro de una inmensa oficina de legitimaciones, esperando que alguien, en algún despacho, encuentre por fin el formulario que certifique que nuestra propia existencia ha sido, también ella, una existencia legítima.










