Hay una forma particularmente incómoda de la soledad, aquella que procede de haber pensado demasiado tiempo en una dirección que los demás no han recorrido. Uno descubre entonces que las ideas heterodoxas tienen un precio, y que ese precio suele pagarse en silencio.
Quizá por eso he desarrollado, con los años, un rechazo visceral a todos los rechazos sin fundamento. Me desconcierta esa facilidad con que una opinión se convierte en frontera, esa manera expeditiva de decir no sin haber llegado siquiera a escuchar la pregunta. Hay personas que rechazan una idea porque todavía no han encontrado el lugar desde el que comprenderla.
De ahí, supongo, la necesidad de construir pequeñas enciclopedias cerradas, no grandes sistemas destinados a explicar el mundo, sino modestos rincones privados donde unas cuantas ideas puedan convivir sin pedir permiso. Nuestras propias obras, nuestros cuadernos, nuestras listas de obsesiones, nuestras citas subrayadas a lápiz, pequeños museos portátiles contra la intemperie, para salvar unas pocas cosas del naufragio.
Hegel, que sabía algo de esto, escribió: «Cuando una idea se expande hasta el infinito se transforma en su opuesta». Pienso en los poetas, esos que algunos llaman desocupados, ociosos e inservibles, como si la inutilidad fuera una enfermedad y no una de las últimas formas de libertad, para que alguien pueda ver y oír mientras los demás se ocupan de producir, administrar, medir o archivar.
La historia de un país no está necesariamente en sus leyes, ni en sus monumentos, ni siquiera en los discursos que con tanta solemnidad pronuncian quienes creen representar a todos. Está también en aquello que alguien escribió a solas y que durante años nadie consideró necesario leer. Está en los libros inútiles, en las ideas incómodas, en las pequeñas enciclopedias que cada cual construye para no volverse completamente extranjero en su propio tiempo.









