El eclipse
La lectura no está desapareciendo, está siendo desplazada. Pierde lentamente su lugar en nuestra vida. Seguimos leyendo, sí, pero cada vez con mayor dificultad para entregarnos a una página sin mirar el teléfono, sin buscar una interrupción, sin sentir que el tiempo dedicado a un libro es un tiempo sustraído a alguna urgencia estúpida
Ray Bradbury escribió: «Usted no tiene que quemar libros para destruir una cultura. Solo tiene que hacer que la gente deje de leerlos». Los libros se está transformando en objetos mudos, decorativos, incapaces ya de convocar una experiencia interior. Un libro puede sobrevivir en las bibliotecas y, sin embargo, haber desaparecido de la conciencia.
John Updike describió esto como el final de una forma de individualidad. La cultura del libro enseñó a hombres y mujeres a valorar su mundo interior, pero ahora parece disolverse en «una centelleante nube de fragmentos». La lectura era una forma de resistencia contra la dispersión.
Unamuno escribió: «Cuanto menos se lee, más daño hace lo que se lee», denunciando la ignorancia y la vulnerabilidad de unas mentes que han renunciado a contrastar, demorarse y pensar. Leer no nos salva automáticamente, pero nos concede una distancia frente a...
Quizá el ocaso de la lectura no sea el fin de los libros. Acaso leer hoy consista, antes que nada, en defender ese pequeño espacio de interioridad donde una frase todavía puede interrumpir el ruido del mundo.
Hoy el eclipse, aquí, a orillas de un Mediterráneo hirviendo, se confundirá con el ocaso. Un eclipse solar oscurece brevemente el mundo. El eclipse de la lectura oscurece permanentemente la mirada.










