Platón y San Agustín


No es coincidencia que Platón y san Agustín hayan terminado hablando, con siglos de distancia, de un mundo que no termina de ser el mundo. Platón, que desconfiaba de casi todo aquello que se presentaba ante los sentidos, debió de pensar que la realidad visible era una especie de borrador. Agustín, que había leído a indirectamente a Platón, conservó la sospecha. 

Cree Platón que por encima de las cosas se encuentra el Bien, principio supremo, impersonal, casi como una luz que no necesitara lámpara. Cree Agustín, en cambio, que ese lugar no podía quedar vacío, allí estaba Dios.   

Platón había imaginado que conocer era recordar. El alma, antes de ser encerrada en ese extraño accidente que llamamos cuerpo, había contemplado las Ideas. Después las olvidaba. De ahí que aprender consistiera, en cierto modo, en recordar lo que ya sabíamos. La filosofía era una operación de memoria, una especie de arqueología del alma.

Agustín no aceptaba ese mecanismo. El alma no había vivido antes del cuerpo, de modo que no podía conservar recuerdos de una existencia anterior. No había, por tanto, que recordar las Ideas, había que ser iluminado. La verdad no estaba almacenada en algún rincón de nuestra memoria, procedía de Dios y alcanzaba al alma mediante la iluminación divina.

El mundo, para los dos, seguía dividido. Está, primero, el cotidiano, aquello que vemos, tocamos, compramos, perdemos y finalmente enterramos. Es el de las apariencias, el sensible, tan convincente que a veces olvidamos que precisamente su mayor virtud es engañarnos. Y está después el otro mundo, el verdadero, inaccesible a los sentidos y reservado al alma. En Platón es el de las Ideas; en Agustín, la verdad eterna encuentra su fundamento en Dios.

Ambos desconfían, pues, de los sentidos como itinerario directo hacia la verdad. Los sentidos nos entregan opiniones, no conocimiento definitivo. Platón llamará dóxa a esa región de la opinión y reservará para la alethéia, la verdad, un territorio al que solo puede acceder quien emprende el difícil camino de la dialéctica. Agustín sustituirá ese ascenso intelectual por la iluminación divina.

Agustín se sirve de Platón y continúa su cristianización iniciada por los primeros pensadores cristianos. Claro, ha encontrado un edificio filosófico admirable. Así que toma algunas de sus preguntas, algunas de sus respuestas y gran parte de su arquitectura. Pero coloca en el centro a un Dios personal, creador y salvador. 

El alma ocupa en ambos un lugar privilegiado. Es superior al cuerpo y no desaparece con la corrupción material de la muerte. El cuerpo pertenece al mundo cambiante; el alma apunta hacia aquello que no cambia. Pero aquí vuelve a aparecer la diferencia. El alma de Agustín no busca saltar de un cuerpo a otro, pues espera la salvación y la vida eterna en Dios.

Para Platón, quien conoce verdaderamente el bien no puede querer deliberadamente el mal. Hacemos el mal porque ignoramos el bien. El error moral tiene, en último término, algo de error intelectual. Agustín complica esta confianza en el conocimiento. El problema no es simplemente no saber qué es bueno. El mal procede del mal uso de la voluntad. Y esto resulta especialmente paradójico porque todo lo creado por Dios es bueno. El mal no es una sustancia que Dios haya fabricado, sino una desviación, una privación, un apartarse del orden del bien.

La vida buena, sin embargo, vuelve a acercarlos. Ninguno de los dos parece dispuesto a admitir que vivir consista simplemente en acumular placeres, propiedades o días. La existencia tiene una dirección. Para Platón, esa dirección conduce hacia la virtud, el conocimiento y la contemplación del Bien. Para Agustín, conduce finalmente a Dios. La felicidad platónica puede encontrarse en la elevación del alma mediante el conocimiento y la virtud; la felicidad agustiniana no se completa en este mundo, solo alcanza su plenitud en Dios, mediante la gracia.

Y ambos miran con desconfianza a la ciudad. Platón observa una sociedad corrupta y se pregunta qué ocurriría si gobernaran quienes verdaderamente conocen el Bien. De ahí nace la República ideal: un Estado gobernado por filósofos, entendidos no como una especie de funcionarios con barba y túnica, sino como aquellos que han dedicado su vida a conocer aquello que debe orientar la existencia.

Agustín, que había visto caer un imperio, tiene menos fe en las soluciones políticas. El Estado puede garantizar el orden, la paz y una cierta justicia; puede impedir que los hombres se destruyan mutuamente con una eficacia razonable. Pero ningún Estado puede salvarnos. La autoridad política solo es legítima cuando sirve al bien común, y aun así permanece atrapada en un mundo marcado por el pecado original. Por eso Agustín distingue entre la ciudad terrena y la ciudad de Dios. La primera es la ciudad en la que vivimos: imperfecta, contradictoria, llena de deseos y ambiciones. La segunda no es simplemente una versión mejor administrada de la primera, sino el horizonte en el que puede realizarse la justicia y alcanzarse la verdadera felicidad.

Platón había representado el conflicto humano como una lucha interior entre la razón y los deseos. En el famoso mito del carro alado, el alma aparece como un auriga que intenta conducir dos caballos de naturaleza distinta. Uno obedece, el otro se rebela. La vida consiste, en buena medida, en aprender a gobernar esa extraña república interior.

Agustín desplaza el conflicto. Ya no se trata únicamente de que la razón consiga poner orden entre nuestros impulsos. La tensión fundamental se produce entre la voluntad humana y la voluntad divina. El hombre puede querer el bien y, sin embargo, descubrir que no basta con saber qué debería querer. Hay una fractura más profunda. La voluntad necesita orientarse hacia Dios y, para hacerlo plenamente, necesita también de la gracia.

Es quizá aquí donde Platón y Agustín se separan definitivamente. Para Platón, el camino hacia el Bien puede encontrarse en la educación del alma, en la virtud, en el conocimiento, en esa lenta conversión de la mirada que nos hace dejar atrás las sombras. Para Agustín, el hombre puede buscar a Dios, pero no puede salvarse únicamente por sus propias fuerzas. El camino ya no es solo una ascensión intelectual: es una relación entre la criatura y su creador.

Ambos sospechan que vivir no puede reducirse a sobrevivir. Que detrás de las cosas que cambian debe existir algo que no cambie; detrás de las apariencias, una verdad; detrás del deseo, un bien; detrás de la muerte, algo que la muerte no pueda explicar. Platón llamaría a ese horizonte la contemplación del Bien y de las Ideas. Agustín lo llamaría salvación, unión con Dios, vida eterna.

La diferencia entre ambos pueda resumirse de una manera casi demasiado sencilla: Platón piensa que el alma debe aprender a mirar hacia arriba; Agustín piensa que, además, debe dejarse iluminar. Uno confía en que la filosofía pueda conducirnos hasta el Bien. El otro cree saber que, al final del camino, no nos espera una Idea, sino Alguien.

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