El nombre del misterio


El argumento teleológico (el del diseño o de la finalidad), el cosmológico (el de la causa primera o del contingente) y el ontológico (el del ser necesario a partir del concepto) comparten una estructura similar que parte de una observación o de una intuición, construye una cadena de razonamiento y, al llegar al límite de lo explicable, introducen un término (“Dios”, “el Motor Inmóvil”, “el Ser Necesario”, “el Diseñador Inteligente”) que funciona como nombre propio de aquello que queda fuera de la explicación.

Esto no es exclusivo de la teología. En la ciencia también ocurre algo parecido cuando se postula una entidad teórica para cerrar un hueco explicativo (el “éter”, el “flogisto”, la energía oscura, el Big Bang, la singularidad inicial). La diferencia está en que la ciencia exige, al menos en principio, que ese nombre pueda generar predicciones contrastables o integrarse en un marco más amplio. El nombre teológico, por el contrario, suele presentarse como término último y no se le pide que explique cómo opera, sino que sirva de punto final al regreso al infinito.

 En todos los casos, el movimiento final consiste en convertir una laguna explicativa en un referente nominal. Eso no demuestra automáticamente que el referente sea ficticio; solo muestra que el argumento, por sí solo, no trasciende el misterio, solo lo bautiza. La pregunta interesante entonces no es tanto si el nombre es legítimo, sino si aporta alguna comprensión adicional o si simplemente detiene la investigación.

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