De Popper a Soros: degeneración



En 1992, recuerdo, George Soros y su Quantum Fund apostaron contra la libra esterlina con una contundencia tal que el Banco de Inglaterra hubo de abandonar el Mecanismo Europeo de Tipos de Cambio. Soros lo presentó como un acto de mercado, como la revelación de una debilidad del sistema. Pero Soros no venció al mercado, venció al Banco de Inglaterra que quería sostener artificialmente a la libra.  

A través de Open Society Foundations, pienso que Soros ha canalizado miles de millones hacia ONG, partidos, medios, universidades, movimientos civiles y campañas políticas. Sus destinatarios han defendido políticas migratorias expansivas, reformas judiciales y penales, activismo LGBTQ+, racial y de género, y la oposición a gobiernos nacionalistas o populistas, desde la Hungría de Orbán hasta el Brasil de Bolsonaro. Sus críticos ven en ello una forma de injerencia. 

En Estados Unidos, Soros ha financiado a candidatos demócratas, grupos de presión y fiscalías progresistas. En Europa ha sostenido medios, centros de pensamiento y organizaciones favorables a la integración europea y al multiculturalismo. La objeción no es necesariamente que sus causas sean ilegítimas, sino que un multimillonario no electo puede adquirir una influencia desproporcionada sobre lo que una sociedad discute, teme, celebra o prohíbe. La democracia no solo se corrompe por la fuerza; también puede debilitarse cuando la deliberación pública depende de fundaciones, becas, redes mediáticas y agendas financiadas desde arriba.

Quien proclama la “sociedad abierta” opera, como toda gran maquinaria filantrópica, con una opacidad considerable. Y quien ha defendido en el pasado la posibilidad de transformar el sistema por vías no siempre democráticas puede convertirse en un agente de ingeniería social. Incluso algunos liberales clásicos y libertarios le reprochan haber financiado un intervencionismo estatal y regulatorio que contradice el liberalismo moral, político y económico que dice inspirarlo.

Conviene, sin embargo, no confundir la crítica legítima con las teorías conspirativas que presentan a Soros como el cerebro de un plan judeo-globalista, del “gran reemplazo” o de la destrucción deliberada de las naciones. Reducen la complejidad del poder a una voluntad única y malévola. Pero el hecho de que las teorías sean falsas no elimina la pregunta: ¿quién decide, con qué dinero y mediante qué instituciones, qué cuenta como progreso?

Sus defensores responden con su biografía. Soros sobrevivió al nazismo y al comunismo; su filantropía nace de la experiencia de haber vivido bajo regímenes cerrados. Open Society Foundations es una de las mayores organizaciones filantrópicas del mundo y actúa dentro de la legalidad. Muchas de las causas que financia —transparencia, derechos humanos, despenalización de las drogas— son también defendidas por otros donantes, gobiernos y movimientos. 

Recuerdo a Karl Popper, el maestro de Soros y su padre intelectual. Para Popper, la sociedad abierta no era una antropología completa ni un programa de valores. Era, ante todo, una respuesta al totalitarismo, al historicismo y a la pretensión de que la historia posea una dirección necesaria. Frente al profeta que conoce el futuro y al planificador que quiere realizarlo, Popper proponía la falibilidad, porque ninguna autoridad posee la verdad final y toda institución debe ser criticable, toda reforma debe ser gradual, revisable y sometida a la experiencia. La sociedad abierta era, en su origen, una disciplina epistemológica aplicada a la política, la moral y la economía: la humildad convertida en institución.

Creo que la mutación comienza cuando ese principio antidogmático se transforma en una agenda moral concreta. La sociedad abierta deja de ser una forma de convivir con el desacuerdo y se convierte en un paquete de posiciones sobre la inmigración, la nación, las fronteras, el género, la memoria histórica, la regulación digital y la corrección política. Entonces ya no designa una actitud ante la verdad, sino una pertenencia ideológica.

La paradoja, pienso, está en que se promueve la diversidad de identidades, pero no siempre la diversidad de marcos morales. Se celebra el pluralismo, pero se penaliza el desacuerdo con el consenso progresista. La apertura se invoca para determinadas causas, mientras el debate se restringe allí donde los temas se consideran sensibles. 

Por eso creo que la degradación no reside en que Soros financie causas, sino en que la “sociedad abierta” haya podido convertirse en una marca moralista. Lo que nació como antídoto contra la imposición ideológica funciona, en su versión contemporánea, como una infraestructura ideológica muy potente. La sociedad abierta de Popper exigía dudar de toda ortodoxia, pero la sociedad abierta convertida en red global de fundaciones y agendas tiende a producir una nueva ortodoxia, esta vez con el uso de trampantojos como la inclusión que excluye, los derechos que privilegian y el progreso que involuciona. 


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