Votasteis gestos; tenéis gestos. Menos mal.


«Votasteis gestos; tenéis gestos». El gesto no era una promesa: era el cumplimiento de la promesa. Y menos mal. 

He procurado distinguir entre los actos y los gestos. No es fácil. Un gesto es un acto al que se le ha retirado el peso de sus consecuencias: la apariencia de una decisión sin la obligación de padecerla. En política, la representación de la voluntad acaba, a veces, sustituyéndola. Se representa tanto lo que se quiere hacer que termina pareciendo innecesario hacerlo. 

Los gestos también importan. Una democracia necesita símbolos, ceremonias, palabras capaces de condensar una época en un instante. Pero hubo un tiempo en que las personas votaban programas. Después empezaron a votar identidades. Y, finalmente, llegaron a votar algo más sencillo y más poderoso, con la sensación de estar votando contra algo. 

«Y menos mal». No porque los gestos fueran inocentes, sino porque siempre queda la posibilidad de que detrás de ellos se esconda algo peor. La política simbólica tiene, al menos, la cortesía de no transformar por completo el mundo. Se limita a decorarlo. Cambia el nombre de las habitaciones, sustituye un retrato por otro y convoca después una rueda de prensa para anunciar que la historia acaba de dar un paso adelante.

Prefiero los gestos de aquellos de cuyos actos desconfío. El gesto no compromete al futuro. Le susurra que algún día, cuando las circunstancias sean más propicias, cuando haya menos obstáculos y los adversarios sean más numerosos, aquello que hoy se representa se convertirá en acción. El gesto deja siempre abierta la puerta de la promesa.

Pero ese día no llega. Menos mal. Porque el verdadero programa no estaba escrito en ninguna parte. Consistía precisamente en seguir prometiendo. La política había dejado de ser el arte de gobernar para convertirse en el arte de prometer lo suficiente para que el mañana siguiera pareciendo posible y no tanto como para que el presente exigiera cuentas. 

Votamos un destino y nos obsequiaron una coreografía. Y menos mal.

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