El sentido común: imitación y rechazo


Leo el periódico y noto esa autoridad invisible que gobierna con una eficacia que ningún tirano ha soñado.  Se le reconoce por su tono tranquilo, por su manía de decir que todos lo saben justo antes de impedir que alguien piense. Es la voz de la costumbre cuando se disfraza de razón; la voz de lo mediocre cuando se viste de prudencia; la voz de la moda cuando se confunde con la actualidad; y, sobre todo, la voz de la mayoría cuando se impone como realidad.

Creo que el sentido común suele llegar puntual a las reuniones donde se decide qué puede decirse o hacerse sin escándalo. No odia la originalidad, la tolera, siempre que se exhiba compatible con las opiniones compartidas. Adora la excepción, con tal de que sea pequeña y decorativa. Pero lo que no perdona es la anomalía persistente de esas personas que siguen mirando el mundo desde un ángulo ligeramente particular. 

Yo he conocido gente sensata que jamás hizo nada, con opiniones razonables, horarios impecables y una fe profunda en lo que pensaba todo el mundo. Son “la gente”, esa multitud fantasmal que siempre está de acuerdo consigo misma. Y yo sospechaba que la gente, si existiera, estaría demasiado ocupada viviendo para entender semejante desprecio.

La moda es el sentido común con prisa. Ayer prohibía lo que hoy recomienda; mañana olvidará ambas cosas con la misma elegancia. La mediocridad, en cambio, es más paciente y no necesita novedades. Le basta con repetir lo ya aprobado. Y la costumbre es la más vieja de las tres, porque ha sobrevivido a tantas generaciones que cree tener derecho a decidir por todas. No le falta razón. 

Pero aquí viene el pequeño matiz que me interesa. Al final, incluso quien se rebela contra la masa la necesita. No se puede escribir “yo pienso distinto” sin imaginar a alguien distinto. El cogito cartesiano resulta, si se mira bien, un acto extrañamente social. Pienso, luego existo; pero pienso en una lengua que yo no inventé, con palabras heredadas, conceptos y costumbres prestadas.

Porque el verdadero cogito es el intersubjetivo. Existe, no lo que existe para mí, sino lo que el otro me confirma. ¿Si no lo confirma será una alucinación? Y, además, existo porque mi duda encuentra resistencia en otra conciencia. La soledad del que piensa contra el sentido común no es absoluta. El heterodoxo necesita herejes, lectores, testigos, incluso enemigos. Sin la masa, su rebeldía carecería de escenografía.

El sentido común dice: “Piensa como todos, así no te perderás”. A veces imagino a un escritor que ha pasado la vida fugándose del sentido común y descubre, al final, que su fuga estaba dirigida. Que necesitaba a los sensatos para saber hacia dónde no ir. Que su originalidad era, en el fondo, una conversación interrumpida con la mediocridad. Hay una mímesis, diría René Girard, que atrae, sí, pero la que repele es la más sibilina. 


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