Las ideas límite


Comte creía que las ideas límite eran puertas cerradas al final de un pasillo largo. Kant comprendió que no eran puertas, ni paredes, ni siquiera abismos, eran horizontes. Y los horizontes, como todos sabemos, tienen la mala costumbre de retroceder cuando uno camina hacia ellos.

Hay quienes sostienen que el pensamiento comienza donde termina la fe. Yo diría, más modestamente, que comienza allí donde el conocimiento admite que no todo puede ser conocido. Las ideas límite —Dios, el yo, el infinito, el libre albedrío, la justicia, el bien, la causalidad, el sentido— no se dejan poseer como se posee un objeto sobre la mesa. Se resisten a la definición, se burlan del método y, sin embargo, sin ellas seríamos incapaces de preguntarnos por nada.

He pasado buena parte de mi vida buscando la realidad de esas ideas como un buscador meticuloso, burocrático. Llevaba un cuaderno donde anotaba las definiciones de lo absoluto. Fue entonces, gracias a leer a Kant, cuando entendí que las ideas límite no suelen ser realidades que podamos conocer. Son, más bien, horizontes que hacen posible orientar el conocimiento, la acción moral y la búsqueda de sentido. No llegamos a ellas. Caminamos gracias a ellas. Son a la vez brújula e imán; nos orientan y nos atraen o repelen, 

La moral no es una lista de certezas. Lo más difícil no es cumplir tu deber, lo realmente difícil es conocerlo. El arte de orientarse en la niebla. No actuamos bien porque hayamos resuelto el enigma del bien. La idea límite no nos da la respuesta, pero nos obliga a seguir preguntando. Y esa obligación, tan incómoda como necesaria, es quizá la única forma seria de responsabilidad.

Tampoco el sentido es un destino que aguarde al final del camino. Es más bien una dirección, una inclinación del espíritu, esa extraña costumbre humana de seguir preguntando por el camino cuando ya se sabe que el camino no termina. Quien exige un sentido definitivo suele acabar desilusionado; quien acepta orientarse sin poseerlo descubre, a veces, que caminar ya era el sentido. 

Por eso escribo estas anotaciones presuntuosas. No para llegar al horizonte, sino para comprobar que todavía puedo caminar hacia èl. El yo es la idea límite más cercana. Por fin entiendo el nombre de este blog.

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