Las buenas intenciones de la psicopatía
Las buenas intenciones tienen una lógica propia, y cuanto más altas se proclaman, más grave es la caída cuando chocan con los incentivos. El decreto de vivienda del Gobierno, el edicto de Diocleciano y la campaña de los gorriones de Mao son tres variaciones de la misma partitura, donde proteger al débil mediante mandato, termina estrangulando la oferta que lo sostenía.
En 301 d.C., el emperador romano Diocleciano fijó precios máximos para más de 1.300 productos y servicios, con pena de muerte para quien los infringiera. El propósito era domar la inflación; el resultado fue la desaparición de mercancías, el auge del mercado negro y la parálisis del comercio, hasta que el edicto cayó en desuso hacia 305. Al suprimir la señal del precio, el Imperio suprimió la información que coordina la escasez; lo que no se puede vender a precio de coste, sencillamente no se ofrece.
En 1958, Mao declaró la guerra a los gorriones dentro de la “campaña de las cuatro plagas”, donde se acusaba a las aves de devorar el grano y se movilizó a la población para exterminarlas. El efecto ecológico fue inmediato, y sin depredadores, las plagas de insectos se multiplicaron; las cosechas cayeron. La medida contribuyó a la Gran Hambruna, con decenas de millones de muertos. La naturaleza no obedece decretos; cuando se rompe una cadena trófica por ideología, la cuenta llega en forma de hambre.
Los decretos españoles de 2026 amplían la protección frente a desahucios hasta 2030, imponen la prórroga automática de contratos y limitan las subidas de alquiler (0% o 2%, según zonas), además de restringir compras a grandes fondos. La intención es que nadie se quede sin techo y que el alquiler sea asequible. Pero la mecánica es la de siempre: si el retorno esperado cae y el riesgo jurídico sube, los propietarios retiran pisos, los inversores huyen y la oferta se contrae; con menos pisos en el mercado, la presión alcista se desplaza a los segmentos no intervenidos y la inseguridad jurídica se instala como norma. En San Francisco, el control de alquileres redujo un 15% la oferta en las zonas afectadas; en Nueva York, décadas de regulación han creado un mercado dual, opaco y caro para quien llega tarde.
Pero aquí no hay buenas intenciones. Solo hay niñatos jugando a revolucionarios que están siendo instrumentalizados y subvencionados por el poder. Lo que hay es un ánimo demagógico y sectario que trata de dividir y radicalizar a la sociedad para obtener un rédito electoral.










