Stendhal y la indignación
Leo estas dos frases de Stendhal:
"Trato de arrancar de mí alma por completo las falsas pasiones, las que nos prometen una felicidad que no encontramos cuando llegamos a ello".
"Reduzco toda la filosofía a no engañarse sobre los motivos de las acciones de los hombres".
Toda política de la indignación vive de ese engaño. Sus fieles no son necios, solo buscan una forma digna de identificación. El que se siente fracasado pide un relato que convierta su fracaso en inocencia, siempre dispuesto a señalar culpables.
La izquierda ha aprendido a hablar en ese idioma. Ha sustituido la crítica de la sociedad por la liturgia de la culpa, y la defensa del individuo por la administración de las identidades. Ya no pregunta qué hace un hombre, y sí a qué grupo pertenece. No pregunta si una idea es verdadera, sino quién puede pronunciarla sin escándalo. Ha fabricado una moral de la excepción donde hay ideas intocables porque antes fueron heridas.
Stendhal reducía la filosofía a no engañarse sobre los motivos de las acciones de los hombres, lo que obliga a mirar el interés debajo del ideal. Cuando alguien defiende con ardor la pureza ajena, conviene preguntar qué pureza propia está salvando. Cuando una ideología se presenta como defensa de los débiles, conviene preguntar qué poder obtiene quien la pronuncia.
La pasión falsa siempre termina pidiendo sacrificios a los otros. Promete emancipación y exige obediencia. Y cuando llega lo prometido, no hay felicidad, hay una nueva policía del lenguaje, una nueva jerarquía de víctimas y verdugos, una nueva forma de miedo.
Hay que recuperar la sospecha estendhaliana y desconfiar de todo entusiasmo que no soporte una pregunta sobre sus motivos. Defender al débil sin adorar su debilidad y sostener la crítica universal aunque incomode a todos los altares, incluidos los propios. Las ideologías pueden convertirse en falsas pasiones cuando invocan la justicia, pero ocultan intereses; cuando dicen defender al individuo, pero lo reducen a una identidad.
Las falsas pasiones no nos engañan porque nos prometan el mal, sino porque consiguen que deseemos el mal bajo el nombre del bien, y que confundamos la satisfacción de nuestros resentimientos con la conquista de la justicia.










