La izquierda y el islamismo


No creo que tenga mucho sentido que sectores de la izquierda se hayan acercado al islamismo. Pero si miramos en la superficie de las cosas, puedo ver que ambos encontraron en el antiimperialismo, el antiamericanismo y la causa palestina un lenguaje común. Pero no tiene sentido político ni moral convertir esa coincidencia en una alianza de principios. 

La relación entre sectores de la izquierda occidental y el islamismo político no es una alianza natural. Nació en torno a 1979, cuando la revolución iraní fue interpretada por parte de la izquierda como una derrota del imperialismo estadounidense, y se consolidó después con Palestina como causa capaz de unir a actores muy distintos. Pero esa convergencia ha tenido el precio de la confusión entre defender a un presunto pueblo oprimido y legitimar a movimientos autoritarios o teocráticos. 

En los años setenta, muchos movimientos de izquierda veían el mundo dividido entre potencias imperialistas y pueblos colonizados. Irán encajaba en ese esquema. El sha era percibido como un aliado de Occidente, y Jomeini como el líder de una rebelión contra esa dependencia. Algunos intelectuales occidentales de izquierda llegaron a interpretar la revolución islámica como un movimiento de emancipación frente al colonialismo y la hegemonía estadounidense. Pero, aunque la izquierda iraní participó activamente en la caída del sha, pronto fue marginada, perseguida y en muchos casos destruida por el nuevo régimen teocrático. La alianza entre marxistas, nacionalistas laicos e islamistas se rompió cuando Jomeini impuso su proyecto de Estado teocrático. 

Palestina se convirtió en el punto de encuentro más potente entre izquierda, nacionalismo árabe e islamismo. Para la OLP y, después, para la República Islámica de Irán, la causa palestina ofrecía un relato claro de un pueblo desposeído frente a una potencia respaldada por Occidente. Irán hizo de Palestina un trampantojo central de su identidad revolucionaria y de su política exterior, presentándose como vanguardia de la resistencia antisionista y antiimperialista, un símbolo de resistencia frente a EE. UU. e Israel. El problema aparece cuando ese símbolo sustituye al análisis y se celebra la “resistencia” sin examinar quién la encarna, qué programa político defiende o qué derechos vulnera. 

La alianza entre cierta izquierda radical y el islamismo no se basa en valores compartidos, sino en enemigos comunes: Estados Unidos, Israel, el liberalismo occidental y, en algunos casos, el orden internacional existente. El islamismo ofrece movilización popular, disciplina organizativa y una narrativa religiosa de lucha; la izquierda radical aporta lenguaje de liberación, legitimidad intelectual y espejismos de solidaridad.

Esa coincidencia explica la paradoja donde movimientos totalitarios que niegan la igualdad de las mujeres, persiguen a las minorías y rechazan la libertad de conciencia pueden ser presentados como fuerzas progresistas simplemente porque se oponen a potencias occidentales. Cuando el antiamericanismo se vuelve el criterio supremo, la izquierda puede terminar sacrificando sus propios principios. 

Ahí se evidencia el sectarismo de la izquierda. Si la opresión solo importa cuando proviene de Occidente, se abandona el universalismo que debería ser el núcleo de toda su política. Las mujeres iraníes, los disidentes, las minorías religiosas, los homosexuales o los opositores políticos también merecen solidaridad, aunque sus opresores se presenten como antiimperialistas. Además, reducir Palestina a un relato de víctimas y verdugos caricaruriza de forma maniquea el conflicto. 

Una izquierda coherente puede defender los derechos palestinos, criticar la política israelí y rechazar el imperialismo sin renunciar a la laicidad, la democracia, la igualdad y la libertad individual. La prueba de su coherencia no es a quién se opone, sino si defiende los mismos derechos para todos, también frente a sus aliados circunstanciales. 

Pero ¿dónde está la izquierda coherente? ¿Dónde están sus principios? Sepultados bajo  su cacofonía de eslóganes, trampantojos y gestos.

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