Quieren el fin, pero no las consecuencias de sus medidas
Gran parte de la historia social de la civilización occidental en las últimas décadas ha sido la de sustituir aquello que funcionaba por aquello que suena bien.
Esa una cita de Thomas Sowell, una crítica a la ingeniería social, esa tendencia a sustituir instituciones, normas y prácticas probadas por otras que parecen más justas, más modernas o más nobles en el discurso, pero que en la práctica empeoran los resultados. No se trata solo de un error puntual, sino de un patrón donde teorías “brillantes” aplicadas una y otra vez en áreas clave obtienen resultados sistemáticamente peores, y sin que eso desgaste la autoridad moral e intelectual de sus promotores.
Lo que funciona son las reglas, incentivos, costumbres e instituciones que, aunque imperfectas, habían mostrado capacidad para contener la violencia, reducir el crimen, mantener la cohesión o facilitar el aprendizaje. Lo que suena bien son los programas y reformas cuyo atractivo reside en su lenguaje eufemístico, pero que ignoran incentivos reales, límites humanos y consecuencias no previstas.
Es la primacía de la intención declarada sobre los resultados observados. La inmunidad relativa de los ingenieros sociales frente al fracaso empírico. El desastre no los desacredita, a menudo refuerza su narrativa de que “hace falta más de lo mismo”.
Otra vez quieren el fin, pero no las consecuencias de sus medidas. Otra vez.










