Los titanes venideros. Ideario último, Ernst Jünger
El 29 de marzo de 1995 Ernst Jünger, pequeño y delgado, cumplió 100 años. Desde hace tiempo vivía apartado en la soledad de Wilflingen, en la Alta Suabia, sustrayéndose a la curiosidad de periodistas, admiradores, lectores y estudiosos de su obra. El único hilo que lo ataba a muy pocos íntimos es un número de teléfono secreto.
En una traducción bien lograda, el autor se ve a sí mismo en una nueva dimensión.
He concebido mi vida como la vida de un lector antes que como la de un soldado.
Fue sobre todo la lectura de algunos libros lo que me ofreció motivos para la acción. Cuando, en cambio, he creído extraer esos motivos de la realidad, he quedado profundamente decepcionado.
Me llevó al heroísmo la lectura del Orlando furioso de Ariosto.
Los grandes sucesos siempre son literarios.
La definición sociológica de élite es ya un indicio de la corrupción del concepto. Para mí, es una advertencia para no confiar ya ni siquiera en las elites, sino, a estas alturas, solamente en los grandes solitarios.
Será una edad muy propicia para la técnica, pero desfavorable para el espíritu y para la cultura.
El Anarca no se deja implicar en la dimensión de la técnica: se vale de ella y la explota si le resulta útil, de lo contrario la ignora y se retira a su mundo interior, el mundo de sus lecturas.
El verdadero escritor, como la verdadera riqueza, se reconoce no por los tesoros que posee, sino por su capacidad para hacer que se vuelvan preciosas las cosas que toca. Por lo tanto, es como una luz que, invisible en sí misma, calienta y hace visible el mundo.
Goebbels dijo de usted: «A Jünger le hemos tendido puentes de oro, pero nunca ha querido cruzarlos».
Para Heidegger la radicación en la tierra propia es constitutiva, en tanto que para usted el Solitario, el Anarca, está radicado únicamente en sí mismo o, mejor dicho, no tiene en absoluto raíces.
A veces tengo la sensación de haber vivido más intensamente entre los libros que entre los sucesos de este mi siglo.
Me siento incapaz de adherirme a una confesión o a una religión positiva, pero estoy convencido de haber desarrollado, a través de mi visión del acaecer cósmico, un justo sentido de lo sacro.
He intentado enfocar esto en el ensayo La emboscadura, en el que el Rebelde, el Anarca, «retirándose al bosque» —es decir, a su propio interior—, enfrenta y derrota a la angustia, a la duda y al dolor.
Desde el punto de vista del Anarca, del gran Solitario, no hay mucha diferencia entre el totalitarismo y la democracia de masas. El Anarca vive en los intersticios de la sociedad, la realidad que lo rodea le resulta en el fondo indiferente, y solo cuando se retira a su mundo propio, a su biblioteca, vuelve a encontrar su identidad.
El tiempo marca el ritmo de la vida humana. La morada de los dioses, en cambio, está al margen.
Mi jardín me brinda una certeza mayor que cualquier sistema filosófico.
La poesía puede ser suficiente, porque nos coloca en el estado de ánimo adecuado.
Me levanto hacia las nueve y desayuno con Liselotte. Después leo el periódico. Más tarde, en mi estudio, escribo o leo, explorando la literatura mundial. [...] No almuerzo al mediodía. Por la tarde habitualmente doy un paseo y voy hasta el cementerio del pueblo para visitar a mis seres queridos. Durante la noche, después de cenar, me quedo levantado, a veces hasta tarde, para terminar de escribir o de leer algo. O bien para conversar con Liselotte o con los huéspedes.
Platón experimentó la transición desde una cultura oral, la de la Grecia arcaica, a una cultura que fija sus expresiones mediante la escritura, la cultura griega clásica de la que desciende nuestra civilización. Hoy, con las nuevas tecnologías de la comunicación, con los multimedia, con la difusión de los procesadores de textos y la posibilidad de crear «hipertextos», la escritura tradicional, fija, se está volviendo nuevamente fluida, móvil, transformable, como en la oralidad.
Sigo viajando por el mundo de la literatura y por ese pequeño cosmos que es mi jardín.










