Diario de un vicio bien disimulado
La virtud, esa señora de guantes blancos que todos decimos admirar, ¿no será en realidad una empleada asalariada del vicio?
Fue Hume quien dijo que la razón es esclava de las pasiones, y que no puede pretender otro oficio que el de servirlas y obedecerlas. Pascal lo escribió mejor con aquello de "el corazón tiene razones que la razón no conoce". Romain Rolland hablaba del pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad. Yo he vivido buena parte de mi vida como si esa frase fuera un diagnóstico médico que me concerniera personalmente. Y ahora, releyendo a Mandeville en una edición barata, me pregunto si no habré estado escribiendo, sin saberlo, la crónica privada de una colmena.
La fábula de las abejas. Un panal próspero gracias a la vanidad de sus habitantes, a su lujo, a su codicia bien administrada; hasta que un día las abejas deciden hacerse virtuosas y el panal se derrumba, porque nadie envidia a nadie, ni tiene avaricia, y la economía, privada de sus pecados, se muere de inanición moral. He pensado muchas veces que los escritores publicamos por vanidad, escribimos por resentimiento, corregimos por miedo al ridículo, y de todo esa mezcla de motivos bajos sale, contra toda lógica, algo que otros llaman literatura y que incluso, alguna vez, ha sido buena.
Recuerdo ahora, o invento, que en mi caso son operaciones gemelas, una conversación con un editor. Me dijo: usted escribe por despecho. Y yo, en vez de ofenderme, sentí una especie de alivio, el alivio de quien por fin encuentra el nombre correcto de su enfermedad. Porque si la virtud del libro, su forma, su cuidado, su aparente generosidad hacia el lector, nace del vicio del autor, de su necesidad de ser amado, de vengarse de alguien, de no desaparecer, entonces toda literatura es, como el panal de Mandeville, una bien público construido sobre motivos que nadie confesaría.
Pero hay algo que Mandeville no vio, o que vio y prefirió callar por higiene retórica: que el vicio, cuando se sabe observado, empieza a imitar a la virtud. La Rochefoucauld, que desconfiaba de todo, habría dicho que ni siquiera esa honestidad se salva, porque nuestra virtud más pública, la de fingir que ya no fingimos, sigue siendo vicio.
Yo no sé resolver esto, y sospecho que resolverlo sería el modo más seguro de dejar de escribir. Preferiría no resolverlo, escribo con humildad impostada. Prefiero seguir aquí, cada mañana en la empresa de redes de mi propia conciencia, sirviendo a un patrón, llámese pasión, vicio o despecho, que nunca aparece en los créditos.










