El "realismo delirante" de Laiseca
Umberto Eco decía que incluso el relato más fantástico necesita obedecer alguna ley. Puede abolir la gravedad, resucitar a los muertos, hacer que un personaje atraviese una pared o que una ciudad aparezca durante la noche en mitad de otra ciudad, pero no puede prescindir por completo de la lógica. Hasta el delirio tiene sus reglas.
La literatura fantástica no consiste tanto en inventar mundos imposibles como en conseguir que, una vez dentro de ellos, aceptemos sus pequeñas obligaciones. Eco llamaba la atención, en el fondo, sobre una cuestión de grados. No existe solamente lo verosímil y lo inverosímil, sino una especie de medidor de la credibilidad. En un extremo estaría el realismo tradicional, y en el otro, las vanguardias del absurdo.
Y entonces aparece Laiseca. En sus ficciones todo puede ocurrir, pero no ocurre cualquier cosa. El delirio posee una administración interna, un reglamento, incluso una burocracia. Sus monstruos tienen hábitos, extravagancias que desarrollan consecuencias, excesos que, lejos de cancelar la lógica, producen otra lógica, una lógica hipertrofiada que termina pareciéndose a la nuestra.
Quizá por eso "realismo delirante" es una expresión tan eficaz y tan absurda. Es un oxímoron, pero también una descripción. Sin embargo, Laiseca parece demostrar que ambas promesas pueden cumplirse simultáneamente: el mundo puede ser irreconocible y, aun así, conservar la estructura secreta que nos permite reconocerlo como mundo. La superstición de aceptar durante unas páginas que las cosas, incluso las más imposibles, tienen una lógica.
Al terminar un libro de Laiseca, uno puede salir pensando que ha atravesado una pesadilla. Pero una pesadilla que ha aprendido a comportarse como una novela. El oxímoron solo estaba en nuestra ingenua esperanza de que el realismo y el delirio fueran cosas distintas.










