El comité de sombras


Cada hombre lleva dentro un comité de sombras discutiendo quién de ellas tiene derecho a firmar con su nombre, entre el aplauso de la tribu y la salvación de uno mismo, donde transcurre toda la literatura que me interesa, esa que Walser escribía a lápiz. Somos multitudes mal avenidas, manojos de yos que se turnan la voz cantante, y sin embargo cada uno se cree, a su hora, el ombligo definitivo del relato, capaz de elevarse a semidiós durante una tarde y de derrumbarse en semidemonio antes de la cena. He conocido pacifistas convencidos que, apenas amenazados, reclamaban artillería con la misma urgencia con que antes reclamaban la paz. La coherencia es un lujo que solo se permiten los personajes secundarios. Quien no encaja en el mundo es quien más cerca está de sí mismo, como el que se aparta de la fiesta para escuchar mejor el ruido. ¿Qué sentido tiene envidiar la parcela ajena, ese jardín bien podado donde otros cultivan su pertenencia? O se acepta el exilio entero, con su intemperie y su lucidez, o no vale la pena fingir que se ha emigrado. Las personalidades auténticas deben acostumbrarse a prescindir del calor del rebaño para alimentarse de la propia imaginación. Capaces de la comunidad sin disolverse en ella; capaces de la soledad sin fosilizarse en ella. Conozco también a los que se declaran perfectos por el sencillo expediente de exigirse muy poco: gente satisfecha que ha bajado tanto el listón que ya ni siquiera necesita saltar. Contra ellos no tengo argumentos, solo cierta melancolía. Y pienso, para terminar, en cuántos filósofos se han corrompido por querer mostrar la verdad con demasiada insistencia, como quien enseña una herida para que crean en su dolor. Yo prefiero, como Pessoa, firmar con varios nombres y no responder del todo por ninguno.

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