El arte de no figurar


Hace tiempo decidí no ser nadie. No lo decidí de golpe. Robert Walser paseaba durante horas y volvía a su cuarto sin haber hablado con nadie, sin que nadie hubiera reparado en él, y anotaba después en una letra microscópica las sombras que había visto moverse sobre la nieve. Walser no producía nada que el siglo pudiera admirar de inmediato; producía, como mucho, la prueba de que un hombre puede pasarse la vida entera mirando sin que ese mirar figure. Acabó sus días en un manicomio de Herisau, dando paseos también allí, y cuando le preguntaron si escribía respondió que no había venido a escribir. Yo sospecho que en realidad había venido a lo mismo que Baudelaire inventó en las calles de París, a la contemplación pura, a ese estado en el que uno deja de perseguir algo y simplemente se deja atravesar por lo que hay. El flâneur de Baudelaire no iba a ninguna parte, y ese no ir a ninguna parte era su única forma de estar. Caminaba entre la multitud sin pertenecer a ella, observando el modo en que las vidas ajenas se cruzaban y se ignoraban, y de ese cruce y esa ignorancia extraía una especie de saber que no servía para nada práctico, que no podía venderse ni exhibirse, que no dejaba más rastro que unas líneas escritas.

Vivo en la era de la comparecencia obligatoria. Hay que estar, hay que decir que se está, hay que fotografiar el hecho de estar. Se ha extendido la convicción de que lo que no se muestra no ha ocurrido, y de ahí que tantos corran a mostrarlo todo, incluida la nada, sobre todo la nada, porque la nada bien iluminada también rinde. Contra esa comparecencia yo propongo sin ninguna autoridad el ejercicio discreto de desaparecer. Sentarse frente a un cuadro, mirar un árbol, caminar sin rumbo. Pessoa, que fue varios hombres para no tener que ser ninguno, escribió que el poeta es un fingidor, pero olvidó añadir que el fingidor más completo es el que finge no estar. Bartleby, el escribiente que un día decidió que preferiría no hacerlo, no rechazaba el trabajo, rechazaba la exigencia de figurar en el engranaje de la utilidad, y por ese rechazo pequeño, casi tímido, se convirtió en uno de los grandes personajes de la literatura. Hay una genealogía secreta de hombres así, que yo he perseguido durante años por librerías de viejo, la de quienes prefirieron la sombra a la vitrina, la mirada a la firma, el paseo sin destino al camino que conduce a alguna parte reconocible. No sé si esto que escribo es un elogio de la pereza.  Es la forma más exigente de trabajo que conozco porque exige renunciar al resultado. Exige quedarse ahí, frente a la nada o frente al mar o frente a un cuadro de Vermeer en el que una mujer lee una carta junto a una ventana, y no esperar que de esa espera salga nada que se pueda enseñar después como un trofeo. La luz que entra por esa ventana pintada hace cuatro siglos no le debe nada a nadie, no produce nada, sigue iluminando a la mujer que lee, y a mí, que la miro, y que gracias a ella, tampoco figuro en ninguna parte.



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