Benedetti


Escribe Mario Benedetti: «La perfección es una pulida colección de errores».

La perfección lleva en su interior la memoria del tropiezo. Bajo su apariencia lisa se oculta una historia de capas de intentos fallidos, rectificaciones silenciosas, decisiones que corrigieron otras decisiones, azares que se inmiscuyeron. El error no desaparece porque cambia de estado. Persiste como huella, pero ya no hiere. Quizá por eso nuestras virtudes más firmes tienen un origen poco glorioso. La serenidad suele ser un aprendizaje de la angustia; la prudencia, una memoria disciplinada de la imprudencia; la lucidez, un residuo depurado del engaño. Casi podríamos decir que la virtud es esclava del vicio. El perfeccionismo, en cambio, ignora esta economía del error. Sueña con una obra sin fisuras y, en ese sueño, se paraliza. No comprende que toda forma relativamente lograda es el resultado de haber tolerado lo deforme. Quien no admite el error se priva de su única materia prima. También la escritura obedece a esta ley. Un texto no se alcanza nunca: se corrige, se corrige y se corrige. Cada frase lograda es el eco de varias frases fallidas que han sido trabajadas hasta que comienzan a oler. La claridad final, cuando se consigue, esconde un archivo de torpezas necesarias. Escribir bien consiste, en parte, en saber equivocarse con paciencia hasta que la impaciencia te obliga a publicar lo escrito para desembarazarte de él.


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