El wokismo como mal autoinmune
Una civilización que convierte sus propias virtudes en armas contra sí misma ha iniciado su declive. La tolerancia, el pluralismo y la autocrítica, esos dones delicados de la democracia liberal, se han vuelto contra el cuerpo que los engendró. Ya no distingue entre lo que la nutre y lo que la corroe; ataca sus propias células sanas con la misma furia con que antes repelía a los invasores. El activista combate, en nombre de la justicia, el único sistema que le permite exigirla. Vive de la libertad que denuncia, prospera bajo las reglas que pretende abolir y exige igualdad de un orden que, precisamente por ser imperfecto, aún puede escucharlo. Hay en esto una ingratitud ontológica que roza lo trágico.
Más enigmática resulta la alianza entre el progresismo radical y el islamismo político. Dos genealogías, dos cosmovisiones y dos concepciones del hombre que se contradicen en lo esencial marchan bajo la misma bandera, como si el enemigo común —Occidente— bastara para suspender la ley de la contradicción. La indignación compartida ha demostrado ser más fuerte que la coherencia.
Toda civilización que se examina con severidad corre el riesgo de confundir su propia conciencia con su sentencia de muerte. No toda moral elevada es justicia; a veces es solo un disfraz más sofisticado del resentimiento. Llamar “enfermedad” a una idea es, con frecuencia, el modo más cómodo de evitar discutirla.
La igualdad mal entendida se transforma, con facilidad pasmosa, en una nueva jerarquía: la de las víctimas. La sociedad abierta no perece por abrirse demasiado, sino por olvidar por qué se abrió. Olvida que su grandeza radicaba en la tensión entre libertad y responsabilidad, entre autocrítica y autoconfianza.
El enemigo imaginado siempre resulta más coherente y manejable que el enemigo real. Por eso las democracias liberales rara vez caen solo por asalto externo; suelen morir de fatiga interna, de ese cansancio moral que prefiere la comodidad de la indignación permanente a la exigencia austera de la coherencia.
Entre la complacencia ciega y la autodestrucción hay un estrecho sendero: el juicio crítico sereno. Mantenerse en él requiere más coraje y lucidez que aplaudir la propia disolución. Porque una cultura que ya no sabe defenderse ha dejado, en el fondo, de creer que merece existir.










