La compra y la salvación
El lunes compró una silla ergonómica para cuidar su espalda, un escritorio ajustable, una lámpara de luz cálida, un difusor de aromas para mejorar la concentración. Pasó el día ajustando la altura de la silla, pero no consiguió ajustarla hasta el martes, que adquirió el ajustador de sillas. Cada producto prometía ahorrar tiempo. El reloj inteligente optimizaba sus ciclos, la aplicación organizaba sus tareas, el asistente virtual respondía por él. El miércoles por la noche descubrió que ya no tenía nada que hacer con el tiempo ganado, y terminó leyendo un artículo que defendía que consumir era elegir. El jueves eligió café, eligió libros, eligió experiencias, eligió identidades. Los escaparates ya no exhibían objetos, sino versiones mejoradas de quienes los miraban. El viernes compró su mejor versión a plazos. Al día siguiente, sábado, no le admitieron la devolución porque ya estaba defectuosa. El último producto que adquirió fue un espejo inteligente que reflejaba su historial de compras, no su rostro, y por fin pudo verse completo por primera vez. El domingo acudió a la parroquia cercana para salvar su alma. Dejó un generoso donativo por Bizum.










