Diario de nadie


Me llamo… o me llamaba. Ya no estoy seguro. El nombre se me escapa como agua entre los dedos cuando intento retenerlo. Antes tenía uno, estoy casi convencido. Lo pronunciaba en voz alta cada mañana, solo para oír una voz humana, aunque fuera la mía. Pero un día dejé de hacerlo. Y luego dejé de recordarlo.

Vivo en una cabaña de madera que construí yo mismo hace años, en lo profundo del bosque, donde ni los caminos de leñadores llegan. Huí del ruido, de las miradas, de las conversaciones vacías. Quería silencio y lo conseguí. Al principio fue un placer. Despertaba, cortaba leña, pescaba en el arroyo, leía los mismos tres libros hasta que las páginas se desprendieron. El mundo exterior se convirtió en un rumor lejano, casi imaginario.

Los meses se volvieron años. O tal vez fueron solo semanas. Ya no tengo calendario. Marqué rayas en la pared durante un tiempo, pero un invierno la humedad las borró y no volví a empezar. ¿Para qué? Los días son todos el mismo día.

Empecé a hablar menos. Primero dejé de hablar conmigo mismo en voz alta. Luego descubrí que mis pensamientos también se volvían mudos. Me sentaba frente al fuego y miraba las llamas durante horas sin que una sola palabra cruzara mi mente. Era paz, me decía. Pero era vacío.

Un día, al inclinarme sobre el arroyo para beber, vi mi reflejo. No me reconocí. Aquellos ojos hundidos, la barba salvaje, la piel cuarteada por el frío… ¿Quién era ese? Intenté sonreírle para confirmar que era yo. La cara del agua sonrió también, pero sentí que lo hacía por su cuenta. Me alejé corriendo, con el corazón latiendo como si hubiera visto a un extraño acechándome.

Desde entonces evito el arroyo.

Ya no sé si tengo nombre. A veces, en sueños, alguien me llama y me despierto agitado, repitiendo sílabas que se deshacen antes de formar una palabra completa. ¿Era Juan? ¿Carlos? ¿Miguel? Ninguna suena mía. Ninguna suena a nada.

He olvidado cómo era mi voz. Cuando intento hablar ahora, sale un sonido ronco, animal, que no reconozco como mío. Ayer —o anteayer— intenté decir “hola” frente a la ventana empañada. Lo que salió fue un gemido largo y triste. Me asusté. Me asusté de mí.

Ya no recuerdo la cara de mi madre. Ni el olor de la ciudad. Ni siquiera estoy seguro de haber tenido un trabajo, una casa, amigos. Todo eso se ha vuelto historias que alguien me contó una vez, hace mucho, a otra persona.

Soy el bosque. Soy el crujido de la madera por la noche. Soy el viento que mueve las ramas. Soy el silencio que llena la cabaña cuando no me muevo durante horas. No tengo pasado. No tengo futuro. Solo este presente eterno donde ya no hay “yo” que lo habite.

Anoche, o esta mañana, encontré un viejo espejo roto en el fondo de un cajón. Lo levanté con manos temblorosas. En el fragmento más grande solo vi oscuridad. No había nadie allí.

Y por primera vez en mucho tiempo, sonreí.

Por fin, ya no tengo que cargar con él.

Entradas populares