La ciudad de los recuerdos oficiales


Nunca supe exactamente en qué momento la legalidad empezó a ser claustrofóbica. Quizá fue el día en que recibí la notificación de un documento impecable, sin erratas, con un sello azul tan perfecto que parecía muy verdadero. Decía que ni yo ni nadie estabamos autorizados a recordar ciertos episodios de nuestraa vidas. No prohibía los hechos, eso habría sido absurdo, prohibía la evocación de sus interpretaciones sesgadas. La ley, según el nuevo código, regularía las narraciones que constantemente deformaban los hechos. 

Durante semanas me limité a intentar obedecer, aunque no era nada fácil recordar los hechos puros. Al menos mi intención fue no deformarlos. Descubrí que la obediencia, cuando es minuciosa, genera una forma peculiar de vértigo. Me convertí en un ciudadano ejemplar que caminaba dentro de las líneas pintadas en las aceras, pensaba dentro de los márgenes permitidos y hablaba con frases previamente homologadas. La ciudad entera parecía un texto corregido por un editor obsesivo. Al menos así lo recordaba, pero ¿había sido realmente así?

Fue entonces cuando conocí a Luis: 

—La legalidad no es más que una decisión administrativa. La legitimidad pertene a otro orden, al invisible, a lo narrable. Lo legal —decía— es lo que puede archivarse. Lo legítimo, en cambio, es lo que insiste en contarse incluso cuando está prohibido.

Luis formaba parte de un grupo clandestino autodenominado Narradores legítimos. No escribían manifiestos ni panfletos. Se reunían en apartamentos anónimos para contarse historias mutuamente, historias que habían sido declaradas ilegales por el Estado. Recuerdos no autorizados, versiones alternativas de hechos oficiales, biografías que no coincidían con los registros.

—La ley necesita estabilidad —continuó una noche—. La legitimidad, en cambio, necesita ideales, nostalgia de lo perfecto, algo tan absoluto que, al comparalo con lo real, lo disuelva.

Yo no sabía si creerle. Mi formación —si es que aún podía llamarse así, pues ya solo era una simple decisión administrativa ya archivada— me empujaba a desconfiar de cualquier discurso que no estuviera respaldado por una estructura normativa clara. Sin embargo, había algo en aquellas reuniones que desbordaba cualquier marco legal, una especie de intensidad, de verdad no certificada, que me resultaba incómodamente familiar. 

Un día decidí hacer un experimento. Redacté un pequeño texto sobre mi infancia, pero introduje una variación mínima e inventé un recuerdo. Nada más. Sin embargo, al releerlo, sentí que ese cambio lo hacía más verdadero que el original.

Lo denuncié yo mismo, por supuesto. La coherencia era entonces una forma de supervivencia. El funcionario que me atendió revisó el texto con atención. No mostró sorpresa. 

—Es legal —dijo—. Pero comprendo por qué lo hizo.

Aquella frase me descolocó.

—¿Entonces…?

—Entonces nada. La legalidad no se ocupa de comprender. 

Selló el documento y me devolvió una copia con la palabra “VÁLIDO” estampada en rojo.

Salí del edificio con la sensación de haber asistido a una escena ya escrita. Quizá lo más inquietante de aquel mundo no era su rigidez. A mí me parecía que aquel mundo tenía un carácter literario porque todo parecía responder a una lógica narrativa preestablecida, como si la ley fuera en realidad una mala novela, sin ritmo, que nadie con algo de pudor se atrevería a poner por escrito. 

Esa noche volví a buscar a Luis, pero el apartamento estaba vacío. En la puerta encontré una nota: “La legitimidad ha cambiado de lugar”. Sin duda, el mensaje estaba dirigido a mí. 

Desde entonces camino sin permiso entre recuerdos. No sé cuál de ellos es puro, deformado o inventado. No sé. No sé si eso me convierte en un delincuente o en un narrador. A veces sospecho que no hay diferencia. O peor aún, quizá la diferencia existe, pero solo en los archivos oficiales. Y que todo lo demás, lo que realmente importa, sigue ocurriendo fuera de la ley, en ese territorio incierto donde las historias todavía no han sido autorizadas.


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