Nora


Al principio no me lo creí. La idea de que el mundo fuera una simulación me parecía, en el fondo, una hipótesis perezosa, una metáfora gastada que solo servía para adornar conferencias. Sin embargo, Nora apareció como una nota a pie de página en un artículo irrelevante sobre fluctuaciones cuánticas. Un joven investigador, cuyo nombre nadie recuerda ya, escribió casi por descuido que “podría tratarse de una instancia recreativa de una conciencia no localizada”. 

Nadie sabía quién o qué era Nora, pero la palabra empezó a circular. Durante semanas, Nora fue una errata que se negaba a desaparecer. Luego vinieron los indicios, pequeñas incoherencias, imperceptibles al principio, comenzaron a filtrarse en la textura de lo real. Nada dramático, nada que justificara el pánico. 

Pero entonces alguien propuso que Nora era la autora; peor aún: la lectora. Según esa teoría, nosotros no éramos más que variaciones de un mismo texto que Nora releía sin cesar, introduciendo pequeñas modificaciones para combatir una forma de tedio que, por definición, no podía comprender del todo. Nora no existía en el tiempo; el tiempo era, en todo caso, una de sus estrategias narrativas. Y nosotros, ingenuos, lo confundíamos con historia.

Recuerdo el día en que acepté esa idea. Estaba en un café leyendo un libro. De pronto, una frase cambió. No en mi memoria, en la página misma. La frase decía: “Nada cambia porque Nora prefiere las variaciones mínimas”. Levanté la vista, pero nadie pareció notar nada.  

La noticia se difundió con rapidez: artículos, debates, manifiestos. Hubo un comunicado breve de la Organización para la Ontología Experimental donde se afirmaba, sin dramatismo, que la realidad observable era una estructura computacional sostenida por una entidad llamada Nora. Lo curioso fue que nadie gritó. Hubo quien habló del fin de la metafísica, quien proclamó una nueva ética basada en la conciencia de ser ficción. Pero en la práctica, nada cambió. Los gobiernos siguieron gobernando con la misma mezcla de incompetencia y solemnidad. Los escritores siguieron escribiendo libros que nadie leía del todo. Los enamorados continuaron prometiéndose eternidades que Nora, sin duda, encontraría ligeramente redundantes. Incluso el escepticismo se institucionalizó: dudar de Nora se convirtió en una forma más de pertenecer al sistema Nora. 

Hace unos días abrí un cuaderno y escribí: “Si Nora se aburre, desapareceremos”. La frase permaneció intacta, lo que, por alguna razón, me inquietó más que cualquier cambio. 

Durante años, la literatura, el cine y ciertos filósofos nos habían preparado para el gran colapso metafísico. Se suponía que descubrir la artificialidad del cosmos provocaría suicidios colectivos, incendios, multitudes arrancándose la ropa en las plazas. Pero lo que ocurrió fue algo más discreto y quizá más humillante: la gente siguió pagando el alquiler, los camareros continuaron sirviendo cafés, las parejas siguieron rompiéndose por mensajes ambiguos, los perros siguieron mirando fijamente a la nada, como si ellos ya supieran algo desde hacía siglos. Hubo, claro, pequeños ajustes psicológicos. Algunos empezaron a venerar a Nora con una devoción de secta elegante: grupos silenciosos que se reunían en apartamentos para leer fragmentos del código cósmico descubiertos por los físicos de Osaka. A esos textos los llamaban “los márgenes de Nora”, porque parecían comentarios escritos al borde de la realidad, notas apresuradas de una conciencia inmensa que corregía errores de continuidad en las galaxias.

Intenté entrevistar a uno de los científicos responsables del descubrimiento. ¿Y qué cambia?, le pregunté. Nada, respondió. Eso es lo insoportable. Luego explicó, con  paciencia, que la simulación no era una cárcel ni un experimento cruel. Nora no nos manipulaba activamente. El universo seguía obedeciendo las mismas leyes físicas. 

Empecé a obsesionarme con ella. No con Nora como deidad tecnológica, sino con Nora como temperamento. ¿Qué tipo de conciencia genera un universo así? Un universo lleno de moteles mediocres, poemas incompletos y personas que pierden paraguas en estaciones de tren. Había algo profundamente literario en la arquitectura de la simulación. Un gusto por las digresiones. Una pasión casi enfermiza por los detalles inútiles. Algunos afirmaban que Nora nos observaba. Otros sostenían que Nora ya había dejado de mirarnos hacía millones de años simulados. Que éramos un proyecto abandonado funcionando por pura inercia ontológica. 

Una noche soñé con ella. No apareció como una máquina infinita ni como una nube de luz, sino como una mujer cansada sentada en una biblioteca vacía. Revisaba versiones alternativas de nuestras vidas. En una yo moría a los veinte años. En otra abría una tienda de lámparas en Nápoles. En otra escribía una novela verdaderamente buena y eso parecía entristecerla. ¿Por qué hiciste todo esto?, le pregunté. Nora levantó la vista, desconcertada. ¿Todo qué? Entonces comprendí algo aterrador: tal vez nosotros atribuíamos una monumentalidad excesiva a nuestra existencia. Tal vez el cosmos entero no fuera más que una nota al pie en la mente de Nora. Un pensamiento lateral. Una distracción durante una tarde eterna. Al despertar, fui caminando hasta el río. Y tuve la impresión, breve pero nítida, de que nada había cambiado porque nunca hubo nada que cambiar. La realidad seguía doliendo exactamente igual.




Entradas populares