El lector practica la valentía anticipando su cobardía
Abrí el libro al azar y encontré una frase que parecía escrita con mi letra. Por un instante pensé que alguien me había observado mientras dormía y había transcrito mis pesadillas en papel ajeno. La frase decía, con la indiferencia de los enunciados definitivos: «Ningún libro proporciona consuelo contra el sufrimiento real; apenas disimula el sufrimiento potencial». No sé si la había escrito yo en un acto anterior de impostura intelectual, o si la había leído en otro autor y la memoria, siempre tan generosa con las trampas, me la devolvía como propia.
Los libros calman la imaginación que teme, pero no la carne que sufre, pensé, dada la diferencia entre el sufrimiento anticipado y el sufrimiento del aquí y ahora. Los libros, recordé, son excelentes mecánicos de lo imaginario; ajustan tornillos que aún no se han aflojado, lubrican bisagras que quizá crujirán, enseñan mapas de heridas que, con tiempo y paciencia, pueden evitarse. Pero cuando la herida está hecha, la página permanece fría como una piedra.
La lectura alivia en la espera del dolor; frente al dolor consumado, la lectura es muda.
Apilé aquellas páginas en la mesa como se apilan excusas y empecé a escribir una nota dirigida a un lector. Le decía que la utilidad de los libros no está en su promesa de cura, está en su capacidad para crear un escenario donde el miedo se aprende a nombrar. Le explicaba que la literatura no es un botiquín sino un taller de fortalezas frágiles, que la mejor medicina de las letras es enseñarnos a esperar con menos pavor. Cerré el cuaderno y, sin saber exactamente por qué, me sentí menos solo, tal vez porque la soledad también se compone de lecturas compartidas.
Las frases curan la alergia al miedo futuro; el dolor presente demanda otro tipo de remedio. Leer es entrenar la valentía potencial; sufrir es comprobar si la valentía existía. Un libro enseña cómo no temer lo que quizá venga; ningún libro arranca la flecha clavada.
Al salir a la calle, vi a un hombre leyendo en un banco; su gesto era idéntico al mío cuando aún creía que bastaba con leer para prevenir la desdicha. Le miré leer y comprendí que el consuelo posible que ofrece un libro no es nunca un remedio, es una forma de entrenamiento frente a la contingencia: prepara, presenta alternativas, ilustra fracasos ajenos para que los nuestros no parezcan inéditos. Aun así, pensé, no hay alivio para lo que ya duele; los libros sólo nos enseñan a nombrarlo cuando ha pasado la urgencia. Quizás por eso volvemos a ellos para no repetir la ignorancia que lo hizo posible.
Las frases curan la alergia al miedo futuro, pero el dolor presente demanda otro tipo de remedio. La página quedó, sin embargo, abierta sobre la mesa, ofreciéndose como una promesa rota o como un arma. Tomé la pluma y escribí otra frase que me gustó menos, más sincera tal vez: «El lector practica la valentía anticipando su cobardía». La dejé allí para quien viniera después de mí: un lector que quizá prefiera curar con manos y no solo con palabras, o que, como yo, confiese que sigue creyendo que la palabra, por fútil que sea, forma parte del arsenal humano contra la noche.
Los libros son anestesia de lo posible, pero para la experiencia dura solo queda la cicatriz.










