La imitación constituyente


El carácter mimético del deseo es algo rotundo y básico para entender la psicología de las masas, la génesis de los comportamientos morales o la fuerza aplastante de la publicidad y la propaganda. Según René Girard, nuestros deseos se configuran a partir de los deseos de los demás, incluso antagonísticamente. La racionalidad no se contagia, solo lo emocional lo hace con absoluta facilidad. 

Parece que no fuimos primero mentes brillantes que luego edificaron cultura, sino criaturas relativamente torpes que, al aprender a copiarse unas a otras con fidelidad, generaron un entorno cultural tan denso que terminó por exigir cerebros más sofisticados. Pensar deja de ser el acto fundacional y pasa a ser una respuesta a algo que ya estaba ahí: prácticas, normas, técnicas, hábitos que ningún individuo diseñó desde cero. Si la mayor parte de lo que hacemos eficazmente no lo entendemos del todo, si copiamos más de lo que comprendemos, entonces la racionalidad humana no puede identificarse sin más con la lucidez consciente. Nuestra forma de estar en el mundo es en gran medida fiduciaria, pues confiamos en procedimientos cuya lógica se nos escapa, sostenidos por la estabilidad de la tradición más que por la transparencia del razonamiento. La cultura, en este sentido, no es solo un depósito de conocimientos, sino una prótesis cognitiva colectiva. 

También cambia la imagen de la cooperación. Ya no aparece como un problema que individuos racionales resuelven mediante cálculos estratégicos, sino como un producto de normas internalizadas, reforzadas por dinámicas de grupo y, en última instancia, por procesos de selección cultural. La moralidad, entonces, no emerge simplemente de la reflexión, surge de la sedimentación de prácticas que nos preceden. Antes de justificar por qué debemos cooperar, ya estamos inmersos en formas de vida que lo hacen posible.

Se reduce el papel del genio individual. La innovación no desaparece, pero se vuelve menos heroica al ser una variación dentro de un sistema acumulativo, no creación ex nihilo. El progreso humano se parece menos a una serie de descubrimientos brillantes y más a una lenta deriva guiada por sesgos de imitación, errores y ajustes graduales. Somos profundamente dependientes. Nuestra inteligencia nos separa de los demás y también nos ata a ellos. 

El arte es un refugio de una apariencia secular. Sin embargo, no puede esconder un fondo sacralizado. El espíritu aparenta su carnalidad, pero desea sentarse a la derecha del padre. Con ficciones concretas, humanas, mundanas, se busca la belleza última, la profunda, la real. Es muy difícil no escribir algo que no haya dicho ya un borracho. Si las obras de arte se pudieran dividir entre las creadas por los abstemios y las demás, quedaríamos menos sorprendidos de lo que parece. En Diez ventanas. Cómo los grandes poemas transforman el mundo, Jane Hirshfield describe el momento de creación como un subidón orgásmico que causa adicción. La escritura inspirada siempre es obsesiva. Se delatan los que acostumbran a tener siempre cerca un lapiz y un cuaderno. Hasta de noche se despiertan y anotan algo. Reconocen cuándo llega la inspiración: hay que aprovecharla porque posiblemente no vuelva jamás. Aunque nada mejor para inspirarse que leer a los grandes, e intentar imitarlos consciente o inconscientemente.


 

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