¿Quién prometió la felicidad?


Fue una voz antigua, escamosa, que habló de atajos. La serpiente del Edén no ofrecía maldad, sino que ofrecía simpleza. Un fruto resumido, una respuesta breve para una pregunta infinita. Desde entonces, cada vez que el mundo se vuelve espeso, reaparece con el nombre de autoayuda, psicología milagrosa, motivación en cápsulas. Todo cabe en una frase, todo se cura con una consigna. La industria de la felicidad trabaja con futuros. Promete una calma que siempre llega después, cuando sanes, cuando mejores, cuando te ordenes, cuando seas la versión correcta de ti. Cura el sufrimiento de mañana y el de los otros, ese sufrimiento abstracto, estadístico, narrable, pero nunca el de ahora, el que arde sin forma en el cuerpo. Para ese no hay eslogan. Así nace la autoculpabilización. Si no eres feliz, es porque no quieres. Porque no sabes. Porque no aplicaste bien el método. El dolor deja de ser una experiencia humana y pasa a ser un error de gestión personal. Se vuelve vergüenza. Se esconde. Y entonces aparecen las fotos: gente triste con fotos felices. Sonrisas como comprobantes, viajes como certificados, frases luminosas clavadas sobre noches oscuras. No para engañar a los otros, sino para convencerse a uno mismo de que el guion todavía funciona, de que la promesa sigue vigente. Si querer es poder, si puedes ser feliz, debes serlo. La felicidad deja de ser un deseo y se convierte en una obligación moral. Creer que la felicidad es posible, decía Schopenhauer, puede ser contraproducente. No porque condene al sufrimiento eterno, sino porque vuelve intolerable el sufrimiento real. El que no se resuelve, el que no enseña nada, el que simplemente está. 

Quizás no se trate de renunciar a la alegría, sino de desconfiar de quien la promete empaquetada. Aceptar la complejidad, el rodeo, la contradicción. Dejar de escuchar a la serpiente cuando ofrece mapas demasiado claros para un territorio tan oscuro. Tal vez no haya felicidad. O tal vez llegue como llegan las cosas verdaderas, sin promesa, sin mérito, sin foto.


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