Determinismo y libre albedrío
La broma cruel del cosmos es que te nombra protagonista absoluto y, al mismo tiempo, te disuelve en la indiferencia más absoluta. Sin libre albedrío no hay responsabilidad moral (Aristóteles, Kant), no hay culpa ni justicia (Agustín), no hay sentido existencial (Sartre, Frankl), no hay creatividad ni novedad (Bergson), no hay vida humana plena (James). El determinismo, que a priori reniega de la metafísica, reifica la causalidad (la trata como estructura del mundo) y psicologiza o elimina la libertad (la trata como ilusión). No hay criterio científico que legitime aceptar una y descartar la otra. El determinismo ontológico acepta como reales ciertas estructuras metafísicas (causalidad, necesidad) mientras rechaza otras igualmente no empíricas (libertad, responsabilidad). No elimina la metafísica, la selecciona. Niega la libertad con el mismo derecho con que afirma la causalidad. La causalidad es su dogma; la libertad, su herejía. Elige qué creer. La típica objeción que defiende que la causalidad está confirmada empíricamentela y libertad no, es falsa. La experiencia confirma regularidades, no necesidad causal. Y tampoco confirma la inexistencia de la libertad. La diferencia no es empírica, sino interpretativa.
El determinista entra en la habitación con la seguridad de quien cree conocer el plano completo del edificio, aunque nunca haya salido del pasillo. Yo lo observo con la cortesía de quien ya ha aprendido —gracias a Popper, a Peirce y a algún error personal— que todo plano es provisional y que las paredes tienen la mala costumbre de moverse. El determinista habla de causas universales como si las hubiera visto desfilar, una por una, perfectamente alineadas, mientras yo solo puedo pensar en esa sospecha incómoda que confunde la repetición con la necesidad y la costumbre con la verdad.
El falibilismo, que siempre me ha parecido una forma de modestia intelectual, no niega que el mundo tenga estructura; simplemente se niega a cerrar la puerta con llave. Y esa negativa resulta insoportable para quien necesita que el universo funcione como una novela policial bien escrita, donde todo encaja al final y nada queda suelto. El problema es que el determinismo exige saber o al menos poder saber que no existe excepción posible, que ninguna causa se nos escapa, que el futuro ya está redactado aunque todavía no lo hayamos leído. El falibilista, en cambio, escribe siempre a lápiz.
A veces pienso que el determinismo es una nostalgia del siglo XIX, un deseo de vivir en un mundo que todavía creía en leyes limpias y relojes perfectos. El falibilismo llega después, como llegan siempre las malas noticias, a recordarnos que el conocimiento no se acumula como ladrillos sino como conjeturas, y que cada nueva explicación incluye su propia fecha de caducidad. ¿Cómo sostener entonces una causalidad universal sin convertirla en un acto de fe? ¿Cómo negar el libre albedrío apoyándose en un saber que, por definición, podría estar equivocado?
Quizá por eso el determinista se enfada tanto con la idea de libertad. No porque sea falsa, sino porque introduce una grieta explicativa. El falibilismo no demuestra que seamos libres, pero impide afirmar con seriedad que no lo somos. Y en esa suspensión incómoda queda el ser humano. No dueño del mundo, pero tampoco simple efecto; no autor omnipotente, pero sí corrector constante de un texto que nunca se da por terminado.









