El capital sexual en la Modernidad tardía, de Eva Illouz y Dana Kaplan
Me descubrí pensando en el capital sexual una tarde inútil en la que uno no hace nada, pero cree estar trabajando, lo cual es una forma imprecisa de pereza. Había abierto el libro de Illouz y Kaplan con la misma disposición con la que se abre una ventana en invierno, para confirmar que fuera hace frío.
El capital sexual en la Modernidad tardía propone pensar la sexualidad no solamente como experiencia personal o íntima, sino como un capital social y cultural que funciona dentro del neoliberalismo —cómo no— para producir valor, desigualdades y jerarquías, con sus relaciones de poder en las sociedades contemporáneas.
Decían ellas, con la serenidad de quien describe un fenómeno natural, que el deseo se había vuelto un activo, que la piel cotizaba, que el cuerpo rendía intereses. Yo asentía, como se asiente ante una verdad que ya se conoce, pero que incomoda reconocer. Lo extraño no era eso. Lo extraño era el tono, ese murmullo grave que convierte toda elección en una trampa y todo placer en un síntoma. Pensé entonces que quizá el problema no era el capital sexual, sino la manía contemporánea de llamar dominación a cualquier diferencia.
Recordé a un amigo que había triunfado en la vida gracias a una mezcla indescifrable de ironía, elegancia y una sonrisa que parecía no pedir permiso. Nunca lo vi como víctima del mercado ni como verdugo neoliberal. Simplemente había entendido algo que otros no, esto es, que la libertad consiste en saber usar lo que uno tiene sin pedir disculpas. ¿Era eso capital sexual? Tal vez. ¿Era injusto? No más que la inteligencia, la voz grave o la capacidad de contar bien una anécdota.
Illouz y Kaplan parecían sospechar de todo lo que funciona sin reglamento. El mercado, decían, invade la intimidad. Como si la intimidad hubiera sido alguna vez un territorio virgen, como si el deseo no hubiera comerciado siempre consigo mismo, intercambiando miradas, gestos, promesas que nunca figuraron en ningún contrato. Pensé que tal vez el verdadero escándalo no era la mercantilización del sexo, sino que ahora cualquiera pudiera participar en ella, sin sacerdotes, sin censores, sin sociólogos que expliquen desde fuera lo que uno hace por dentro.
A veces tengo la impresión de que cierta crítica social sufre de nostalgia por un mundo en el que nadie elegía nada, y por eso todo parecía más puro. Pero la pureza, como la castidad, suele ser una coartada. El liberal, pensé, no teme a la desigualdad; teme a la desigualdad impuesta. Y en el terreno del deseo, lo impuesto es siempre lo menos interesante. Este exceso de determinismo estructural, esta ambigüedad normativa frente a la libertad individual, y esta crítica del mercado que tiende a moralizar la desigualdad me parece una falacia que se usa demasiado. El capital sexual puede entenderse no solo como un mecanismo de reproducción de jerarquías, sino también como un recurso legítimo de elección libre, siempre que se preserve la autonomía del otro.
Acabé el libro con la misma sensación de siempre. Hay un sector de la sociedad que cree que los demás no están capacitados para elegir y funcionar en medio de la desigualdad, y que, por tanto, hay que protegerlos de la opresión de los desiguales. El capital sexual existe, claro, pero no como una conspiración opresiva sino como una evidencia de que somos desiguales, somos libres, y a veces sabemos usar ambas cosas al mismo tiempo. Quizá eso era todo. Quizá la modernidad tardía no necesitaba más diagnósticos, sino menos miedo a dejar que la gente haga con su cuerpo lo mismo que con su pensamiento: equivocarse en libertad.









