Ser o no ser moldeado. Phil K. Dick


Solo me interesa una cosa: en lugar de que la sociedad me moldee a mí, yo la moldeo a ella. Lo escribió Philip K. Dick, o quizá lo soñó, o lo he soñado yo, que viene a ser lo mismo, porque en el sueño, como en la literatura, uno no obedece, sino que se infiltra.

Pensé en esa frase mientras caminaba por una calle que no me llevaba a ningún sitio reconocible, uno de esos atajos que alargan el camino, una de esas calles que solo existen cuando uno ha leído demasiado y vive poco, o al revés. Me di cuenta entonces de que la sociedad es un texto normativo muy mal editado, lleno de repeticiones, clichés y pocas notas a pie de página. Si uno lee mal una frase, las siguientes palabras te miran mal y se vuelven ofensivas.

Moldear la sociedad no consiste en golpearla con un martillo ideológico, sino en introducir una errata mínima, casi invisible. Cambiar una coma y desplazar la frase hacia una zona inquietante. El desasosiego siempre comienza con un malentendido. 

Yo mismo, o el que finge serlo mientras piensa esto, habría escrito que moldear la sociedad es desaparecer ligeramente de ella. Volverse un autor fantasma. No colaborar. No firmar del todo. Vivir en los márgenes de una frase ajena, como un paréntesis que se abre y nunca necesita cerrarse. La sociedad, acostumbrada a moldear sujetos cuyo objetivo es seguir la moda, se desconcierta ante quien se niega a solidificarse. 

Porque moldear no es imponer, sino narrar o narrarse de otro modo. Dick sabía que la realidad es frágil y se deja reescribir. Basta con insistir en una versión improbable hasta que empieza a parecer la única posible. El escritor no cambia el mundo, cambia la forma en que el mundo se cuenta a sí mismo, y eso, con el tiempo, resulta muy peligroso, tanto para la salud del poder como para la salud del narrador.

Así, mientras todos aceptan ser moldeados, creyendo ser mejor aceptados yendo a la moda, el narrador lo hace inconscientemente en una forma que no le ha sido asignada, ya sea ciudadano, consumidor o contribuyente, y se retira a una habitación interior. Desde allí introduce pequeñas distorsiones leyendo libros que no sirven para nada, pensando en ideas que no producen rendimiento, y viviendo como si la vida fuese una nota al margen.  

Solo me interesa una cosa, repito, como si fuera un mantra o una coartada: no ser consciente de ser moldeado —aunque sepa que lo soy—. Lo de convertirme en una frase mal entendida, capaz de alterar silenciosamente el párrafo entero, ya es cuestión que me supera.


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